En 1983, Margaret Thatcher pronunció una de las frases más sencillas y poderosas sobre las finanzas públicas: “No existe el dinero público; sólo existe el dinero de los contribuyentes”.
La frase formaba parte de un argumento más amplio. Thatcher explicaba que el Estado no tiene una fuente propia e inagotable de dinero. Para gastar, primero tiene que cobrar impuestos o endeudarse. Y si se endeuda, alguien tendrá que pagar esa deuda en el futuro. Al final, decía Thatcher, ese “alguien” es usted.
Más de 40 años después, desde la tribuna del Congreso mexicano, la senadora de Morena Malú Mícher expresó una concepción radicalmente distinta. Al defender los programas clientelares del gobierno afirmó: “Ya estuvo bueno de que anden diciendo que ese dinero es de nuestros impuestos. ¡Mentira! Es de una austeridad republicana que logró que tuviéramos a 42 millones de familias en bienestar”.
La afirmación sería simplemente un disparate económico, una perla más del folklore morenista, si no revelara algo mucho más preocupante sobre la concepción que algunos integrantes del oficialismo tienen del dinero público.
La austeridad no produce dinero. Si un gobierno gastaba cien pesos en una cosa, deja de hacerlo y utiliza esos cien pesos para financiar un programa social, puede afirmar que la austeridad permitió reasignar recursos. Pero los cien pesos siguen teniendo que salir de algún lado. Y salen fundamentalmente de los impuestos que pagamos los mexicanos.
Los paga quien recibe un salario y entrega una parte como ISR. Los paga una empresa sobre sus utilidades. Los pagamos todos cuando compramos bienes y servicios gravados con IVA.
La senadora posteriormente intentó corregir su afirmación diciendo que había omitido precisar que los programas sociales no se financian “únicamente” con impuestos. Pero su explicación tampoco resuelve el problema conceptual: mencionó entre las fuentes la recaudación, el combate a la evasión y la eliminación de privilegios fiscales. Todo ello, precisamente, tiene que ver con cobrar impuestos.
La diferencia entre Thatcher y Mícher va mucho más allá de una discusión semántica. Representa dos maneras de entender al Estado. Para la conservadora Thatcher, recordar que el dinero pertenece al contribuyente imponía una obligación moral al gobernante: gastarlo con prudencia, justificar cada peso y reconocer que todo gasto público tiene un costo de oportunidad.
La visión expresada por la progresista Mícher es mucho más peligrosa: sugiere que el gobierno genera los recursos que después, generosamente, entrega a la población. Evidentemente no es así. Las pensiones, becas y programas sociales no son regalos de Morena ni de ningún presidente. Son políticas públicas financiadas con recursos de los mexicanos.
Esta distinción es fundamental para una democracia. Cuando un ciudadano entiende que los recursos públicos son suyos, exige resultados y rendición de cuentas. Cuando cree que pertenecen al gobierno, agradece que se los entreguen.
Quizá por eso la frase de Thatcher sigue siendo tan vigente 40 años después. El dinero público sí tiene dueño, y no es el gobierno. Somos nosotros… los ciudadanos.
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