Morelia, Mich.- El domingo pasado México volvió a los titulares. El mundo se enteró del abatimiento de un líder criminal y se asomó a un país bajo fuego. Una de mis hijas, que estudia fuera, nos escribió alarmada. Una vez convencida de que estábamos bien, sentenció: “Esto no se parece en nada al México del que yo hablo aquí, ni al país en el que quiero estudiar y crecer”.
Esa frase resume el desbalance que hemos venido señalando: la brecha entre nuestro orgullo de herencia (lo que hicieron bien nuestros ancestros o nos dio la naturaleza) y nuestro orgullo de logro (lo que hacemos bien hoy).
Esta contradicción aparece con claridad en el Global Soft Power Index, que mide la capacidad de los países para atraer y persuadir mediante sus valores y su cultura.
En la edición más reciente (2024) México aparece como una superpotencia en el pilar de Cultura y Patrimonio. Ocupamos el top 3 mundial en gastronomía —solo detrás de Italia y Francia— y gozamos de puntuaciones envidiables en Herencia Histórica y Estilo de Vida. Es decir, el mundo nos ama por lo que somos y por lo que nos legaron nuestros ancestros.
Sin embargo, la magia desaparece al evaluar lo que hacemos. En Gobernanza, Seguridad y Educación, nuestras puntuaciones se desploman. El mundo que ama nuestras playas nota las limitaciones de nuestras instituciones y sus pobres resultados. Conclusión: tenemos el atractivo de las naciones milenarias y culturalmente poderosas, pero carecemos del que acompaña a las naciones modernas y eficaces.
Pero no es mi intención que estos textos se limiten a señalar lo que está mal. Tal vez suene pretencioso y hasta ingenuo, pero, si la dirección del diario y quien o quienes me leen me lo permiten, también pretendo hacer de este un espacio para compartir propuestas de solución y convocar a que se lleven a cabo.
En esta tesitura, la semana pasada concluimos que, para construir orgullo de logro, es necesario trabajar sobre algo que nos una a todos, o a una gran mayoría (aquí no sirven las mayorías construidas artificialmente). También dijimos que, si el gobierno actual ha renunciado a convocarnos a una causa común, entonces esa tarea deberemos realizarla los ciudadanos.
Esta semana agrego un elemento: un atributo indispensable de nuestra causa común debe ser la eficacia. En un país acostumbrado a que las instituciones públicas no funcionen, el objetivo debe ser resolver un problema público de manera significativa, cuantificable y verificable.
No hablamos de una "buena intención" o de un ligero avance en la solución del problema, sino de un verdadero hito, un resultado de excelencia que pueda ser ejemplo internacional. El orgullo de logro no nace del discurso, sino de la evidencia de que somos capaces de gestionar la complejidad con éxito.
En las próximas entregas profundizaremos en la idea de cómo resolver un problema público, y seguiremos con la caracterización de la tarea común que podríamos emprender para empezar a cambiar —para bien— el México que vimos el domingo.
Honor y gratitud eternos a los soldados caídos ese día.
