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NOVELA: Aclararse en la oscuridad: "Noche negra" de Pilar Quintana

Claudia Fogliani

Escribir sobre la selva en el siglo XXI implica confrontarse con una tradición asentada en metáforas que oscilan entre la utopía del paraíso verde y el abismo negro de la degradación física y espiritual. Noche negra (2025) de Pilar Quintana es una excepción que logra no posicionarse en los extremos de los tópicos literarios, sino que más bien explora sus contradicciones para entregar una visión de una naturaleza que nunca es un testigo indiferente del drama humano.

La protagonista de la novela, Rosa, construye una casa en la selva caleña junto con su novio Gene, quien, de un momento a otro, tiene que irse para solucionar un trámite de su visa. La mujer se queda sola por tres noches que culminan en una  luna nueva, la más oscura e impenetrable, ensombrecida aún más por los miedos y las preocupaciones de la protagonista. Quintana logra crear un espacio narrativo donde la oscuridad, la selva, los hombres y el miedo se conjugan y generan una tensión palpable, incrementada por el carácter cíclico de los días de la protagonista. Para Rosa, todo lo que la rodea es oscuro, de difícil interpretación y, como consecuencia, el personaje se encuentra desamparado. Su casa no se yergue a su alrededor como un lugar de protección, donde puede descansar del trabajo o de la intemperie; es, más bien, un espacio constantemente atacado por agentes externos que ponen a prueba su estabilidad y que incluso desafían la identidad del personaje.

Después de La perra, Quintana vuelve a explorar las profundidades de la introspección psicológica y lo hace en diálogo con Heart of Darkness, de Joseph Conrad. Si en ambas novelas la selva es un espacio físico cargado de simbología —un lugar edénico que casi siempre se revela como un infierno— resulta más sugestiva su dimensión mental: sin importar la época, la naturaleza logra romper a los personajes que emprenden un viaje existencial entre su follaje. Este deseo de descubrimiento de la selva se instila en la protagonista desde su niñez a través de los cuentos maravillosos y de las imágenes dibujadas en una jarra de agua en casa de su abuela: “A Rosa la intrigaba ese camino y lo miraba, imaginándose en él, chiquita en medio de los árboles y estremecida por la naturaleza, como debían de sentirse los niños de los cuentos de hadas abandonados en el bosque”. Más que anhelar la aventura, la protagonista parece desear la soledad, más existencial que física, que implica la inmersión en la vegetación. Pero el aislamiento tiene un precio: los tres días que estructuran la novela se edifican sobre sus hábitos, cuya invariabilidad aleja el relato de las estereotipadas narraciones de viajes y aventuras en las que cada amanecer implica un nuevo desafío. La existencia de Rosa se vuelve mecánica y redundante, lo cual conlleva la pérdida de coordenadas estables: los días se confunden y los pensamientos de la protagonista se vuelven cada vez más obsesivos.

El contacto con la naturaleza, que la protagonista vive como un espacio sin tiempo, hace que el pasado se cuele en su presente y que, poco a poco, sus recuerdos de la infancia se manifiesten. La niñez de Rosa está marcada por el rechazo de la piel negra, un rasgo que su familia se esfuerza por borrar generación tras generación. La abuela, quien se encarga de la niña, no esconde su profundo racismo que resulta en la prohibición de jugar con otras niñas de la vecindad y en rehusarse a emplear una mujer racializada: “¿Por qué? Porque los negros son ladrones, respondió sin atisbos de rubor”. A pesar del desconcierto de la protagonista acerca del colorismo de su abuela, su situación en la selva hace aflorar el racismo introyectado en su entorno familiar. La mujer se vuelve más intimidada por sus vecinos, hombres y racializados: sus palabras son interpretadas con malicia, sus bromas se convierten en amenazas. Al sumergirse en ese torbellino que es la mente de Rosa, la oscuridad de su interioridad deja paso a la aclaración paulatina de su angustia, alimentada por las preocupaciones externas que ocultan su verdadero enemigo: ella misma, sus miedos y sus prejuicios.

Pilar Quintana inscribe Noche negra en la tradición de La vorágine de José Eustasio Rivera, de Los pasos perdidos de Alejo Carpentier y del ya citado Conrad. No sorprende entonces la alusión a los tópicos existenciales engendrados por el contacto con la selva, condensados en este caso en el descenso físico y mental hacia los lugares más sombríos del pasado de la protagonista. Sin embargo, la escritura de Quintana interpela y actualiza la tradición literaria a través de las vivencias de Rosa, quien se sumerge en la oscuridad para cuestionar los cimientos de una identidad generacional y colectiva, marcada por el racismo y el miedo al otro.

*Claudia Fogliani. Nació cerca de Venecia. Cursa el doctorado en Literatura Hispánica en El Colegio de México y, en su tiempo libre, organiza círculos de lectura. Sus reseñas han sido publicadas en CrunchED y CriticaLetteraria. 
@ClaudiaFogliani

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