Héctor Iván González
En El amigo muerto (México, Seix Barral, 2026), List —el protagonista— recibe a las 4:30 a.m. un mensaje de su amigo Carlitos, quien hacía unas semanas había muerto, víctima de una bala perdida en un misterioso zafarrancho sin culpables ni responsables. ¿A dónde nos quiere llevar esta voz narrativa? Nos transmite la información de inmediato que recibe, hasta donde se ve, no nos oculta nada ¿Es una historia sobrenatural? Arranca como un relato que se extiende a la ultratumba; recuerda historias como Otra vuelta de tuerca, de Henry James, pero que tiene lugar a partir del celular. List está lejos de ser un niño rico, incluso tiene bien identificada a la gente de dinero. Es una especie aparte de la suya. Señala sobre la mamá de uno de sus amigos: “La señora O’Gorman, con la típica incapacidad de los ricos para captar ironías, se sonrió”; o también: “Era uno de esos días feriados que parecen hechos para ricos, sin clases pero con trabajo”. Lo cual me recuerda una película española iniciática, Barrio, de Fernando León de Aranoa, que muestra a un grupo de amigos que experimenta la pobreza, un verano caluroso, en los suburbios madrileños, y que se gana una acuamoto a la que no puede llevar al mar.
List tiene 18 años y trabaja en una papelera. No logró pasar el examen para entrar a la universidad, por lo cual siente que su vida apesta. Algunos de los protagonistas de la literatura de Antonio Ortuño se encuentran o se sienten marginados: en Ánima, el asistente de una productora de cine relata los abusos del director estrella del cine de Jalisco; Gabriel Lynch, el trabajador rijoso en la novela Recursos humanos, explota un carro como si se tratara de un manifiesto punk; o el protagonista del cuento “Agua corriente”, quien relata el periodo en que su familia fue pobre y tenía que cenar a la luz de las velas, pero no por elegancia, sino por la falta de luz eléctrica. Así que List no es la excepción.
De entrada, reconozco al autor de las imágenes palpitantes. Como cuando su protagonista vomitó sobre sus propios zapatos en el sepelio del amigo muerto, Carlitos, y dejó un pedacito de cilantro en el concreto. A Ortuño le gusta plasmar imágenes duraderas, tiene una mirada cinematográfica y hay una fijación con la muerte y en especial con los velorios. Sin embargo, la petición de ayuda de Carlitos Villaurrutia, a deshoras y totalmente inesperada, saca a List de balance. Estoy seguro de que muchos cerrarían el chat y volverían a la cama, pero si eres un amigo de verdad, como lo es List, iniciarás un viaje a través de la noche. Dice List: “En fin: parecía que íbamos a dejar de lado el asunto. Pero las cosas torcidas nunca se resuelven así, tan fácil”.
En tiempos en que las amistades parecieran ser simplemente relaciones de conveniencia. Como si cada persona a nuestro alrededor debiera prestarnos un servicio y desaparecer con el chasquido de los dedos, como si la función de esa persona fuera la esencia, la sociedad nos reparte roles, empleos, cargos o tareas a las que debemos abocarnos, pero que una vez cumplidas debemos disolvernos en el aire; tal como una ventana de la computadora o un giro del scroll. Pero List no dejó en visto a Carlitos –¡y miren que le hubiera convenido!–, todo lo contrario: involucró a Maples, el tercer mosquetero, e incluso a Javier O’Gorman, pues no puede faltar el cuarto. Por cierto, a Maples no le cae bien Javi, lo ve como un niño mimado que tiene una casa con alberca en una zona residencial. Además, su hermana Gina es una chica hermosa y su madre podría posar en la sección de sociales en el Reforma. Confiesa List:
Soñé que me encontraba con Gina en los pasillos blanquísimos del [centro comercial] Ultramarina. Usaba uniforme y parecía más chica, como la primera vez que comí en su casa, años atrás. Caminábamos entre ecos. No había nadie allí, aparte de nosotros. Los escaparates brillaban con chispazos azules. Ella llevaba los brazos cruzados sobre el pecho, y yo pensaba que lo hacía así para no tomarme de la mano. Pero sabía también que habría por delante muchos años para intentarlo.
Por su parte, a medida en que avanza la pesquisa detectivesca, el finado Carlitos también empieza a tornarse muy diferente del Carlitos que habían conocido los amigos. Resulta que es un buen lector, ha hecho una amiga y la relación con su hermano mayor es un poco más complicada de lo que uno sabía. Parece que el puesto de películas piratas que Carlitos atendía en el Mercado Comonfort era frecuentado por algunos sacerdotes un tanto siniestros. (Los jóvenes no lo saben, porque las plataformas le han ganado terreno a la piratería, pero se usaba bastante abastecerse de películas, discos, videos de conciertos o juegos de Playstation en algunos tianguis o a la vuelta de las iglesias. Recuerdo la ocasión que llevé a mi hermano para comprar un FIFA y yo adquirí El hombre elefante, de Lynch, y la Medea, de Pasolini, llevándome la sorpresa de que a las dos les faltaba el final).
El amigo muerto nos recuerda algo que a menudo olvidamos, me refiero a que muchas veces pasamos de largo la complejidad de las personas, sus contradicciones, sus misterios o sus zonas ocultas. Cuando creemos que conocemos a nuestra pareja, a nuestros hermanos, a nuestros padres o a nuestros amigos, nos damos cuenta de que se trata de una penumbrosa ilusión. A menudo me gusta recordar estas líneas de Marcel Proust y que en una versión libre dicen lo siguiente:
Sin duda el Swann que conocieron varios tertulianos en la misma época era muy diferente de aquél al que recreaba mi tía abuela, cuando la tarde, en el jardincito de Combray, después de que había sonado dos veces la campana vibrátil de la puerta le inyectaba y revivía con todo lo que sabía de la familia Swann, el oscuro e incierto personaje que surgía, seguido de mi abuela, en un fondo de tinieblas, y cuyo timbre de voz reconocían. Pero incluso en los aspectos más insignificantes de la vida, no somos una totalidad materialmente constituida, idéntica para todo el mundo y de lo cual cada quien no tiene más que ir a tomar nota como de un cuaderno de contabilidad o de un testamento; nuestra personalidad social es una creación del pensamiento de los demás. Incluso el acto tan simple al que llamamos “ver a una persona que conocemos” es en parte un acto intelectual. Remplazamos la apariencia física del ser que vemos con todas las nociones que tenemos de él, y en el aspecto total que nos formamos, esas nociones tienen, sin duda, la parte de mayor tamaño. Dichas nociones terminan por inflar las mejillas a la perfección, delineando con una adherencia tan exacta la línea de la nariz, se ajustan tan bien para matizar la sonoridad de la voz como si ésta no fuera más que una envoltura invisible, siempre que vemos ese rostro y que escuchamos esa voz, son las nociones que reencontramos, que escuchamos.
Pero esto no sólo pasa con Carlitos, pues cada personaje de la historia se va revelando y rebelando al lector desbaratando la idea preconcebida que tenía de él. Si sabemos observar captando las sutilezas veremos que esta novela tiene un trabajo microscópico, de narrador exigente y puntillista. No descarto señalar que exigirá del lector toda su atención yendo en contra de las miradas ociosas o ‘de pasadita’. Ortuño escribió una historia que va a contrapelo del uso de la atención como algo aleatorio o escurridizo, lo que nos está volviendo el cerebro un auténtico queso gruyere. List supo unir los nodos de los mensajes de Carlitos dando una lección de focalización y de compromiso a la memoria de su amigo. Ahora que la información se desvanece en el aire a velocidades inéditas, hoy que queremos que la gente —que ya no necesitamos— desaparezca como un mensajero de Uber Eats, el protagonista de esta historia nos va a arrancar de la comodidad de nuestros asientos para sumergirnos en un mundo asfixiante, lleno de secretos y plagado de hijos de puta, en el sentido moral del término.
Basado en unas premisas inusitadas, los mensajes de su amigo recién asesinado, List irrumpirá en una noche como cualquier otra de una vida que no parece ser muy exitosa, pero que ahí mismo —sin que él lo sepa— está latiendo el corazón de un amigo de ésos que salen a partirse la madre con tal de sacarte de verdaderos apuros, de esos amigos que vivirán siempre en nuestra memoria.
*Héctor Iván González. Candidato a Doctor en Literatura Comparada por la UNAM. Acaba de publicar Una leona rampa en la noche (ed. Cabos sueltos) y Están allá afuera (ed. FOEM, 2025), por el cual recibió mención en el concurso Laura Méndez de Cuenca.
@HectorIvanGP
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