Desfiguros. La jerarquía del régimen se debate entre desfiguros que más parecen patadas de ahogado que nado soberano. No se advierte dominio navegante sobre aguas encrespadas. Y ya no basta con flotar de muertitos. En sus bandazos, López Obrador y Sheinbaum apelan al viejo truco de la figura del presidente como un ser noble e infalible por naturaleza. Sólo que ahora se lo aplican también (obsequiosamente) al de la Casa Blanca. Trump es bueno y comprensivo, nos quieren decir desde el eje Palacio-Palenque, pero quienes ahora lo rodean lo aconsejan, para mal, contra nosotros. Que vuelva el Trump de antes, clama AMLO: ¿el que lo obligó a perseguir migrantes en la frontera norte y en la frontera sur? ¿El estigmatizador de los mexicanos? ¿El de la sedición contra el resultado electoral en 2020, vista con simpatía por el propio AMLO?
‘Descartelizar’, desnarcotizar. Eso de culpar al entorno presidencial fue un subterfugio para no atacar de manera directa decisiones del inatacable presidente mexicano, quien continuaba adelante con sus decisiones, acaso escuchando con sorna esas tímidas, elípticas expresiones de inconformidad. Como las de AMLO con Trump. E igual. No parece quedar duda de que, ni los estentóreos ‘desafíos’ del domingo ni los serviciales, arrepentidos giros de la semana, alterarán la decisión de ‘descartelizar’, desnarcotizar el poder político en México como imperativo de seguridad nacional de Estados Unidos. Es un consenso bipartidista e interinstitucional estadounidense, encabezado ciertamente por Trump.
Consenso continental. Para colmo, mientras López Obrador se suma ahora -pública y expresamente- a la defensa de miembros del poder político mexicano exhibidos por Estados Unidos como parte del poder criminal de los cárteles, las tendencias electorales en Latinoamérica apuntan a la extensión del consenso anticárteles como estrategia continental en la que el régimen de López Obrador y Sheinbaum podrá resultar una anomalía.
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