Saltillo, Coah.- Se acerca el 8 de marzo y con él regresan los mismos debates de todos los años: si marchar o no marchar, si el morado, si las consignas, si el ruido.
Pero para muchas mujeres el 8M es memoria. Memoria de lo que dolió, de lo que costó salir. Memoria de lo que aún estamos aprendiendo a sanar.
Yo también marcho desde ahí.
Marcho desde una historia personal que durante mucho tiempo me costó nombrar: la violencia. La violencia que no siempre deja marcas visibles.
La que te toma por el cuello y te amenaza. La que te grita y te insulta. La que te acecha y te roba el sueño. La que te hace vivir en alerta. La que duele, aunque al día siguiente no haya una marca que el mundo pueda ver.
La que te hace sentir que tienes que medir cada palabra, cada reacción, cada paso.
Durante mucho tiempo me pregunté cómo había llegado ahí.
Y luego entendí algo que muchas mujeres descubren tarde: la violencia no empieza con un golpe. Empieza con pequeñas grietas que se van normalizando.
Salir de ahí no es un momento heroico. Es un proceso largo. Doloroso. Confuso. Pero también profundamente transformador.
Porque cuando una mujer decide romper un ciclo, no lo hace solo por ella. Muchas veces lo hace por alguien más.
En mi caso, por mi hija.
Convertirme en mamá cambió mi forma de ver el mundo. Me hizo preguntarme qué historia quería que mi hija viviera, y me hizo elegir. Saber qué quería repetir y cuál quería terminar.
Y ahí empezó mi verdadera lucha.
La lucha por vivir en libertad, por no normalizar el miedo. La lucha por que mi hija crezca en un mundo donde no tenga que vivir en alerta.
Hay algo curioso que me pasa todavía.
A veces, cuando alguien me trata con amabilidad, con respeto, con cuidado, me siento rara. Y luego aparece un pensamiento que me entristece un poco: no estaba acostumbrada.
Pero también ahí está la esperanza.
Porque sanar también es aprender algo nuevo: que el amor no debería doler, que el respeto no debería sorprendernos, que vivir sin miedo debería ser lo normal.
Por eso el 8 de marzo no es solo una marcha. Es un recordatorio.
De que ninguna mujer debería caminar sola por estos procesos. De que el “no estás sola” no es una frase vacía: son redes de apoyo, amigas, familias, instituciones, mujeres que sostienen a otras cuando más lo necesitan.
Y también hombres que saben reconocer, escuchar y acompañar, entendiendo que construir un mundo más seguro para las mujeres es una responsabilidad compartida.
Es el abrazo que muchas recibimos cuando decidimos hablar. El morado que veremos en las calles no es solo un color. Es una señal.
De memoria. De resistencia. Pero también de un futuro donde nuestras hijas puedan crecer libres.
Libres de miedo, de violencia. Libres de tener que aprender a sobrevivir antes de aprender a vivir.
Si algo he aprendido en este camino es esto:
romper el silencio también es una forma de amor. Porque cuando una mujer rompe el silencio y habla desde la reconstrucción, otras se reconocen.
Y en ese reconocimiento empieza algo más grande que una historia personal: empieza la posibilidad de que ninguna vuelva a caminar sola.
Empieza la posibilidad de que nuestras hijas crezcan en un mundo distinto.
Un mundo donde el respeto no sea una excepción, donde la libertad no se tenga que conquistar todos los días, y donde vivir sin miedo sea, por fin, lo normal.
