y el panteón se abunda, y así, pero esta vez se trata de una insospechada sicología literaria, más viva en el camposanto que en el devenir de los pasos, que hurgó en la naturaleza y el comportamiento mental de la especie como nadie en el siglo XX, el nuevo inquilino de la posteridad deja una obra de espanto, de miedo a la entraña de sus libros, porque en ellos, en todos, se esconden los intersticios más macabros, más desgarradores, más lastimosos y desconcertantes que serpentean en la sique de humana, siempre -como diría Nietzsche- por sin acabarse, de cumplirse, resquebrajamientos inconclusos de promesas divinas nunca otorgadas, nunca juradas,
queda el punto y coma, o la coma como seguimiento narrativo de trazos, de puestas en escena de clínica, de exploración, el doctor Lobo-Antunes, sabedor de las enfermedades del carácter, no buscó sanar a los lectores, tampoco pretendió esa palabra de tan mal aliento: compasión -conmiseración o lástima, todas deplorables, marchitas- por los inválidos, porque acá no hay nadie sano, nadie que no tenga su fantasmas, sus traumas, sus escondites, sus vergüenzas, nadie saca todas las sábanas de su intimidad al sol para que las vean todos en el vecindario, todos llevan cocodrilos en el orden natural de las venas, todos son sus amos y sus prisioneros, el doctor no dictaba o pregonaba catecismo ateo a los creyentes de la literatura para sanos, para quienes suponen serlo, el público de la autoayuda seguirá absteniéndose de las letras de granito, de navaja, de picahielos del portugués, porque, a decir verdad, nadie quiere abrir su propia caja de pandora, esa que se reprime en la vigilia, y solo la voz interior de los sueños ventila no para la noche, sino para los espectros, para los cobradores de conciencia, que se visten de severos enunciados de la preconsciencia,
queda, también, un autor de un estilo de alborotada y sinuosa belleza, porque también el Hades tiene playas y sombreros y daiquirís y pasan bellezas en bikinis sin rostro, las letras del autor que fungía como médico de la cabeza solo para encontrar los desperfectos, el cochambre, el sedimento y, por qué no decirlo, la inmundicia, serán valiosas -palabra pedante y deshonrosa para el recién muerto, porque los que se dijeron tiranos, agentes de la policía secreta, de la oficina de represión, de los que descuartizaban almas, no eran en absoluto peores que sus víctimas -tampoco inocentes- sino colegas de tragedia, camaradas del desaliento, ese que necesita y exige descubrir que en la bondad se esconde una forma tierna del mal, y en la maldad una especie de altruismo del inencontrado bien, el acercamiento al final, de uno y otro bando, es la manera más generosa de consumar lo antes posible el oficio de vivir -como ya lo había dicho el enormísimo Pavese- el punto final, después de tanto signo o designio, los seres humanos son, en todo caso, solamente signos de puntuación en el largo relato de la Humanidad -palabra siempre impropia; hoy más que nunca-, que únicamente ha servido para distraer los diccionarios,
las huellas del páncreas que domicilia en el cerebro fueron dadas y dictadas por una pluma que no mentía, y quizá gozaba, cuando pasaba y paseaba sobre la inocente página en blanco la antihigiénica tinta de la existencia, con sus desolación y sus pesares, los personajes de Antonio eran tan ficticios, tan extraordinarios, tan imposibles porque eran muñecos, marionetas de la realidad, esa que no existe, no kantianamente; más apegado a Schopenhauer, el escritor que transitó a la quietud, al descanso de los dedos, supo que las mujeres y los hombres (en todas sus formas) son presas de sus costumbres, de sus rutinas, de sus insatisfacciones, de sus frustraciones, involuntades prisioneras de sus laberintos, por eso la gente -esa multitud de bien portados- huía de sus textos en los estantes de los estrenos, de las novedades, Lobo-Antunes empecinaba en la misma textura: aquí están los rayos equis de las guaridas de las emociones, de los sentimientos y de las cortedades que los lectores no quieren ver -mucho menos- en la oscuridad de los espejos, el evangelista de la aflicción estaba lejos de los bestsellers, lo suyo fue el campo del conocimiento de las sombras, de las machas que deja el recuerdo en las tuberías, en el drenaje las apariencias,
se va un compendio que, literariamente, discutirá con otro grande la prosa de pacientes mentales, Freud, el gran ensayista vienés pudo abarruntar, conjeturar, incluso presentir que entre más se acierta en el diagnóstico del sicoanálisis (en todas su formas, en todas sus sectas), más se alejan las sanaciones y los antídotos para sanarse de él y sus consecuencias, cada cabeza es un mundo descompuesto, pero aún allí, en la avería, están la belleza de las letras, que, como Dios, está en los estercoleros, nadie encontró tanta guapura en la narración del asolamiento como Antonio Lobo-Antunes, fantasma desde ayer, Michel Foucault llevaba razón: la locura es un ensayo,

