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Rembrandt o las miradas del alma

Inmerso entre el barroco y el Renacimiento, aparece Rembrandt van Rijn (1606-1669). Es reconocido como uno de los grandes maestros de la pintura universal. Esto, ya no sólo por los méritos de su técnica insuperable, sino por su capacidad de retratar el alma, la suya y la de tantos otros.

Pintó su autobiografía; sus autorretratos (oleos y grabados) suman casi cien: el primero, con algo más de veinte años, y el último, el año de su muerte.

En ellos se ve la evolución desde la alegría de su primera juventud; feliz y despreocupado, exótico y estrafalario, rico y exitoso al paso de una madurez donde empieza a reflejar el sufrimiento de la muerte de su esposa e hijas y del tránsito a una lenta introspección donde la mirada es más profunda y triste y al final, en su vejez, con una profunda reflexión de su soledad y deterioro económico, físico y emocional.

Ningún artista, antes o después de él, ha hecho una obra semejante, mostrándose con una honestidad intelectual absoluta. Sus últimos autorretratos son casi una confesión: así termina mi vida ante tus ojos espectadores, derrotado, pero no vencido.

Quisiera referirme al que creo que es el testamento espiritual de Rembrandt: El regreso del hijo pródigo. Esta pintura está inspirada en una de las parábolas más hermosas de Cristo (Lucas 15, 11-32).

Pintada ya en los últimos años de la vida de Rembrandt, es por sí misma una cumbre del arte universal, y muestra como nunca el sentido de la misericordia entre el padre (Dios), que todo lo perdona, y el hijo (nosotros), que arrodillado, miserable y arrepentido hunde su cabeza en el regazo de su padre, que lo abraza con infinita ternura. Creo que la compasión nunca se ha expresado así en un cuadro.

El auténtico protagonista es el padre, a quien Rembrandt le otorga la única luz del cuadro y lo presenta casi ciego porque Dios mira en la profundidad y no en las apariencias.

Sólo un hombre que ha experimentado un enorme sufrimiento es capaz de expresar el encuentro entre el arrepentimiento del libertino y el acto extremo de la misericordia; perdonar lo imperdonable.

Si tiene la oportunidad de leer este pasaje del evangelio y ver al mismo tiempo el cuadro, me entenderá mucho mejor.

Rembrandt nunca se quiso desprender de este cuadro y lo acompañó hasta su muerte.

En esta semana de tanto desasosiego, destrucción y miedo, sumergirnos en la belleza y reflexión de un cuadro como este puede darnos un poco de paz que tanto necesitamos.

Pancho Graue