López Obrador ha sido un cínico siempre. No le importaba mostrarse como un hipócrita redomado. Presumía que él no era igual, que no mentía, no robaba ni traicionaba pero se reía cuando le señalaban que estaba mintiendo, como diciendo sí, estoy mintiendo ¿y qué?; también daba las justificaciones más infantiles sobre la corrupción de sus hijos y amigos.
Disfrutaba más el enojo que causaba en sus críticos que ser descubierto como un personaje falso e incongruente; se ufanaba de su hipocresía pues sabía que eso no le afectaría su popularidad. Su narcisismo es de tal magnitud que prevalece sobre la exhibición grosera de su perversidad.
Claudia Sheinbaum no tiene ese talante. Ha querido construir una imagen diferente, la de una líder congruente con su pasado de izquierda y su formación académica, de una mujer austera ajena a las tentaciones del dinero y el poder; preocupada por recuperar la seriedad del ejercicio de gobierno y poner límites al festín de corrupción y descontrol de los miembros de su partido.
Sin embargo, la realidad se le ha ido imponiendo. Sus afinidades ideológicas y sus compromisos personales con AMLO; la exposición obscena de los fallos y errores del sexenio anterior; el poder que tienen los personajes y grupos corruptos de su partido; y más recientemente la necesidad de mantener el pacto de impunidad de quienes pactaron con el crimen organizado para no resquebrajar la unidad de su movimiento la han obligado a ceder y a ceder y a volver a ceder.
El rostro descompuesto, las risas fingidas, la intolerancia a los cuestionamientos y las mentiras cada vez más frecuentes y descaradas de la presidenta en sus mañaneras son signos incuestionables de la molestia que le causa ser consciente de cómo va actuando con más y más incongruencia, que se está volviendo igual de mentirosa e incongruente que su antecesor.
Sin embargo, poco importa que el poderoso disfrute o sufra con sus actos y decisiones. Lo relevante son los actos y sus consecuencias. Con la decisión de incorporar de último minuto y sin fundamentos sólidos a Ernesto Ruffo en la acusación de huachicol y crimen organizado en contra de la empresa Ingemar, Sheinbaum está rebasando una línea muy peligrosa para el país: la politización burda, selectiva y discrecional de la justicia.
No es que sea algo novedoso; el PRI utilizó a placer la selectividad como instrumento de control político aunque no solía inventar los delitos; AMLO no solo lo hizo selectivamente sino que además fabricaba los delitos como fueron los casos de Rosario Robles y de Murillo Karam (con la complicidad de Ernestina Godoy, así como el beneplácito y el goce de Gertz Mañero). Esos encarcelamientos fueron congruentes con la maldad y el cinismo de AMLO.
Ahora Sheinbaum se suma a esta práctica que se burla y nulifica el estado de derecho; que niegue una y otra vez los vínculos de Rocha Moya y Marina del Pilar Ávila con el crimen organizado es entendible, al menos su mentira la envuelve en el argumento de la soberanía. Lo de Ruffo es desesperación cruda sin justificación posible, agravada por el uso burdo de una jueza producto de los acordeones, ya que un juez previo negó varias solicitudes de orden de aprehensión por falta de evidencias.
Cuando el ejercicio de poder se despoja casi por completo de legalidad y racionalidad y sus motivos reales afloran (distraer la atención del escándalo de la gobernadora Ávila y tratar de trasladar a una figura opositora la dirección de un crimen cuya marca es morenista) lo que queda a la vista es arbitrariedad pura y dura. Poder sin autoridad, autoritarismo duro. Los cambios constitucionales antidemocráticos ocurrieron hace rato; ahora Sheinbaum los disfruta y los ejerce ya sin recato, y al hacerlo desliza a su gobierno y al país a un abismo: el del poder basado en el abuso de la justicia.
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