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Seguridad y elecciones

Durante décadas hemos estudiado las elecciones como un fenómeno esencialmente político y jurídico. Ese enfoque permitió construir instituciones electorales sólidas, perfeccionar las reglas de la competencia y desarrollar un sistema de justicia electoral que llegó a convertirse en un referente internacional. Sin embargo, la realidad que enfrenta hoy nuestro país nos obliga a ampliar esa mirada. La seguridad ya no puede entenderse como un asunto ajeno al proceso electoral; constituye una condición indispensable para que las elecciones puedan desarrollarse con libertad, integridad y confianza.

No se trata de sustituir el análisis político o jurídico. Ambos siguen siendo indispensables. Se trata de reconocer que los procesos electorales se desarrollan hoy en un contexto mucho más complejo, donde confluyen factores que trascienden la competencia entre partidos políticos y las controversias legales. La expansión de la violencia, la presencia de organizaciones criminales, la disputa por el control territorial, las economías ilícitas y nuevas formas de presión sobre actores públicos y privados exigen incorporar herramientas de inteligencia estratégica, gestión de riesgos y coordinación institucional.

Cuando hablamos de seguridad y elecciones no nos referimos únicamente a la protección de las personas candidatas. Reducir la discusión a ese aspecto sería un error. La seguridad atraviesa todas las etapas del proceso electoral. Está presente antes, durante y después de la jornada electoral. Puede manifestarse de manera directa, mediante amenazas, agresiones o asesinatos, pero también de forma indirecta, a través del financiamiento de origen desconocido, la extorsión, la coacción, la presión económica o la infiltración de intereses ilícitos en la competencia democrática.

El problema, además, no involucra exclusivamente a partidos políticos, autoridades electorales y ciudadanía. Sus efectos alcanzan también al sector privado. En regiones donde operan grupos criminales, los periodos electorales pueden incrementar los riesgos de extorsión, presión para financiar campañas, exigencias de apoyos económicos o en especie e incluso amenazas que comprometan la continuidad de las operaciones de una empresa. En estos contextos, la prospectiva política deja de ser únicamente una herramienta para anticipar escenarios electorales y se convierte también en un instrumento indispensable para la gestión del riesgo.

Lo mismo ocurre con representaciones diplomáticas, organismos internacionales, universidades, empresas extranjeras y organizaciones de la sociedad civil que requieren comprender no sólo el entorno político, sino también las condiciones de seguridad de los territorios donde desarrollan sus actividades. La estabilidad democrática también se construye a partir de la certeza con la que todos estos actores pueden ejercer sus derechos, cumplir sus responsabilidades y tomar decisiones.

Cada institución debe asumir plenamente las responsabilidades que la Constitución le asigna. La seguridad pública corresponde al Estado mexicano, a través de los poderes Ejecutivos federal, estatales y municipales. Las autoridades electorales tienen otra responsabilidad igualmente trascendente: organizar procesos electorales íntegros, imparciales y confiables. Confundir esas competencias no fortalece la democracia, la debilita.

Ello no significa que las autoridades electorales puedan permanecer pasivas dentro del ámbito de sus atribuciones. La ausencia de reglas oportunas para las precampañas, la tolerancia frente a actos anticipados o la falta de definiciones claras respecto de conductas prohibidas generan incertidumbre y pueden abrir espacios para el uso de recursos de origen desconocido o para apoyos que la ley no permite. El problema deja entonces de ser exclusivamente jurídico, compromete la integridad del proceso electoral.

Durante décadas perfeccionamos las reglas de la competencia electoral. Hoy el desafío consiste en fortalecer también nuestra capacidad para anticipar y gestionar los riesgos que pueden comprometer el desarrollo de los procesos democráticos. La seguridad y las elecciones no constituyen agendas separadas. Forman parte de una misma responsabilidad pública: preservar la integridad democrática, proteger las libertades, generar certeza para la ciudadanía y ofrecer condiciones de confianza para las instituciones, las empresas, las inversiones, las misiones diplomáticas y todos aquellos que participan, directa o indirectamente, en la vida pública del país.

Ese es, a mi juicio, uno de los grandes desafíos de la democracia mexicana. Mientras sigamos analizando las elecciones exclusivamente como un fenómeno político y jurídico, seguiremos reaccionando frente a las crisis en lugar de anticipar los riesgos. Incorporar la seguridad al análisis electoral no significa desplazar al derecho ni a la política, significa reconocer que la integridad democrática depende también de la capacidad del Estado para prevenir, coordinar y proteger. Sólo así podremos construir procesos electorales auténticamente libres, pero también instituciones más fuertes, inversiones más seguras y una democracia con mayor capacidad para resistir las amenazas.

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