Zavel Castro
El dramaturgo español Paco Bezerra advierte que el miedo se ha instalado en el arte dramático y lo ha convertido en un territorio cada vez menos provocador y disruptivo. Con voces que parecen más preocupadas por conservar un lugar dentro del sistema que por cuestionarlo. El temor a incomodar, fracasar, perder oportunidades o quedar fuera, empuja a muchos artistas a conformarse con producir obras que decoran el presente, en lugar de asumir los riesgos que conlleva abrir grietas en nuestra manera de mirar el mundo.
Las reflexiones de Bezerra, sobre uno de los males que atraviesan la creación contemporánea, surgen de su propia experiencia al ser objeto de una cancelación silenciosa. Desde que la dirección de los Teatros del Canal suspendió la producción de su obra Muero porque no muero. La vida doble de Teresa, las instituciones culturales dejaron de programar su trabajo en los recintos oficiales. El caso dejó al descubierto que los mecanismos de la Santa Inquisición nunca desaparecieron: se democratizaron para ocupar los espacios de gobierno.
La hipótesis cobra sentido al conocer el argumento de la obra: Teresa de Jesús resucita, se vuelve indigente, prostituta, adicta a las drogas inyectables y termina en la cárcel. Allí define su vocación como DJ y funda casas okupas feministas donde convive con otras mujeres marginadas y descubre una nueva vía de elevación mística. Se trata de una relectura libre que traslada la figura de la Santa al mundo contemporáneo, en el que una mujer que desafía la opresión y el pensamiento dogmático encarna lo que la derecha pretende erradicar.
Cinco años después de su cancelación, Muero porque no muero… se estrenó en el Teatro de la Bastilla, bajo la dirección de Aurélia Lüscher. Sin embargo, Bezerra no ha vuelto a escribir teatro, quizá, como él mismo sospecha, como consecuencia íntima de la censura. No sólo por haber creado una obra escandalosa, sino, sobre todo, por denunciar públicamente la injerencia del poder político en la toma de decisiones en el sector artístico.
Cuando veas las barbas de tu vecino cortar…
La amenaza de la cancelación es patente en el tipo de obras que proliferan en las carteleras de distintos países, sobre todo en aquellos marcados por el avance del autoritarismo, en cualquiera de sus formas. Obras de entretenimiento inocuo, producciones espectaculares construidas a partir de narrativas importadas, e incluso creaciones que se presentan como políticamente comprometidas coinciden en evitar cualquier asunto capaz de poner en riesgo los privilegios o la posición dentro del sistema de quienes participan o las producen.
Son obras que denuncian la maldad y la injusticia, pero dirigen la mirada hacia otra parte. Hablan de guerras lejanas y de conflictos sociales que no alteran su realidad cotidiana, pero les permiten demostrar que se ocupan de los problemas del presente mientras se mantienen a salvo.
La crítica, por su parte, se ejerce cada vez más en una versión “descafeinada”, como la describe Marisol Salanova en La crítica de arte en la actualidad. Se trata de una práctica puramente descriptiva, desprovista de posicionamiento y reducida a un ejercicio anodino y complaciente. Quien se arriesga a salir de la norma se condena a la precariedad. Perder el empleo y el sustento puede ser la consecuencia de decir algo que moleste a la persona equivocada: alguien con el suficiente poder para fomentar el desprecio colectivo y promover la expulsión del enemigo.
En México, el temor a desaparecer del espacio simbólico —objetivo final de la cancelación— resulta comprensible cuando se conoce el funcionamiento del sistema teatral. Sin embargo, si hay algo que la crítica no puede permitirse, es depender del agrado de las élites para reclamar su derecho a existir.
Michel Foucault pensaba que la crítica es un modo de estar en el mundo que se resiste a aceptar la sumisión a toda forma de gobierno. Eso es lo que la vuelve temible y majestuosa. En su sentido esencial, es una práctica que se niega a ser domesticada, eso la obliga a inventar nuevas formas y a encontrar otros espacios donde el miedo no la condicione, donde nadie le dicte lo que puede decir. Sirva esto como una declaración de intenciones.
Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro
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