Zavel Castro
Los orígenes del burlesque en la Ciudad de México se remontan a la época dorada del cabaret y los teatros de revista, entre las décadas de 1940 y 1960. En los legendarios salones de baile Brasil, Babalú, Can-Can, Mata Hari, Los Ángeles, Waikiki y México, se consagraron figuras como María Amalia Aguilar, Meche Barba, Rosa Carmina, Yolanda Montes “Tongolele”, Antonieta Pons y Ninón Sevilla, entre muchas otras. Noche tras noche, estas bailarinas cautivaban al público con sus movimientos sicalípticos, al compás de una moralidad selectiva que las convertía, al mismo tiempo, en objetos de admiración y protagonistas del escándalo.
En esos años, las conductas consideradas indecentes podían constituir un delito y eran sancionadas conforme a las leyes destinadas a proteger las buenas costumbres. Bajo esa normativa, los inspectores del gobierno supervisaban que los números de baile no despertaran bajas pasiones y censuraban aquellos que juzgaban inmorales, ya fuera mediante la cancelación del espectáculo, la imposición de multas a los productores o la clausura temporal o definitiva de los llamados antros. A su vez, las ligas de la decencia, encabezadas por madres de familia, sostenían que las llamadas rumberas o exóticas encarnaban la perdición y el pecado, pues, según afirmaban, sus coreografías avivaban la lujuria de los hombres y corrompían la juventud, apartándolos del camino de la virtud. Por ello, exigían al gobierno que prohibiera sus presentaciones de manera definitiva.
En apariencia, se trataba de una época más conservadora que la nuestra. Al menos en el ámbito de los espectáculos, hoy podemos reconocer un entorno más permisivo, favorecido por la defensa de la libertad de expresión y la despenalización de los ataques a la moral pública vinculados a la vida nocturna. En ese contexto, resulta fundamental reconocer la labor de las precursoras del vedetismo, quienes arriesgaron su reputación al desafiar los límites de lo permitido y ampliaron, de manera paulatina, las posibilidades escénicas del erotismo.
Los números de variedad exótica, revista frívola y cabaret fueron la antesala de los espectáculos de burlesque que han resurgido en los últimos años, impulsados por los movimientos en defensa de la libertad sexual de las mujeres y de las personas LGBTQIA. Este renacimiento ha recuperado la fantasía, coquetería, sutileza, picardía, glamour el misterio y la incertidumbre de la recompensa sexual, al tiempo que amplía las formas en que puede manifestarse la seducción y, sobre todo, celebra la diversidad de los cuerpos que ocupan el escenario, desafiando los ideales sobre lo que puede considerarse deseable. De este modo, la sensualidad se vuelve expansiva y se convierte en una experiencia que trasciende el imaginario erótico masculino heterosexual.
Comprender el proceso que condujo a distintos grupos a apropiarse de esta manifestación artística amerita un análisis profundo para el cual conviene plantear algunas preguntas que nos permitan, al menos, especular. ¿A qué obedece el renovado interés por el burlesque en una sociedad hipersexualizada? ¿Se sigue experimentando como una transgresión asistir o performar? ¿Puede entenderse como parte del fenómeno de retromanía? ¿O se trata más bien de una reacción de resistencia tardía frente a la pornificación de la sociedad? ¿Por qué precisamente algunos de los sectores marginados, en muchos sentidos, han encontrado refugio en este movimiento? ¿Cuáles serán los efectos de recuperar la alteridad de los cuerpos deseables y devolver a la seducción su carácter ritual? ¿Cómo se desarrollará este movimiento, sin la existencia de espacios dedicados a este tipo de expresiones? ¿Qué tipo de públicos son los que participan de manera entusiasta en estos espectáculos? ¿Cuáles son sus expectativas? ¿Qué tipo de gozo encuentran en el arte del desnudo estilizado?
Por último, conviene cuestionar qué clase de herramientas necesita la crítica escénica para interpretar este fenómeno y valorar los números de striptease; acaso convenga dignificar el placer como parámetro de juicio, como sugerí anteriormente. Articulo estas interrogantes a la luz del pensamiento del pornógrafo Naief Yeyha y el filósofo Byung Chul-Han, motivada también por la inspiración de las recientes presentaciones de los espectáculos Belleza dinamita y Talento de vedette, producidos y dirigidos por Purrlette y Le Crièe respectivamente. Ambas son, además, gestoras y máximas representantes de la nueva ola de burlesque que cautiva los escenarios de la Ciudad de México.
*Zavel Castro. Historiadora, crítica y curadora de artes escénicas. Fundadora de la plataforma de crítica Aplaudir de Pie. Miembro de la mesa directiva de la Red Latinoamericana para el Desarrollo de Públicos. Imparte talleres independientes de crítica teatral desde un enfoque en el que dialogan diversas perspectivas y disciplinas, proponiendo una práctica alternativa a los modelos tradicionales del periodismo cultural.
@ZavelCastro
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