Paulina López González
Te quiero hasta la luna parte de una divertida premisa. Julia y Pablo se conocieron a los siete años, se hicieron pareja a los doce, se casaron tiempo después y, cuando los vemos en el escenario, en sus 30, ya llevan seis meses de separación. La obra se centra en su reencuentro en un contexto muy peculiar: habían pagado un soñado viaje a la Luna y ambos deciden tomarlo, por lo que se ven forzados a reencontrarse en la nave espacial que los llevará hasta allá. Me reconforta la idea de un futuro en que, por más avances tecnológicos que haya, las relaciones humanas—y la incomodidad de reencontrarte con tu ex—permanezcan en el centro de nuestras vidas.
Conocemos tres versiones de Julia (interpretada por María Kemp) y Pablo (a cargo de Miguel Tercero), a través de viñetas que refieren su historia a los siete, doce y 30 años. Las escenas de su niñez y adolescencia iluminan las personalidades de Julia y Pablo en su adultez. Pablo es estructurado y tímido, le apasiona el espacio y tiende a seguir las reglas. Por otro lado, Julia habla hasta por los codos, se desespera cuando Pablo le cuenta datos científicos y desafía la autoridad. La última etapa cuenta el viaje de Julia y Pablo a la luna.
La obra —escrita por Matías Puricelli, Fran Ruiz Bartlett y Sofía Gonzalez Gil— tiene escenas que, bajo la dirección de Anahí Allué, logran momentos conmovedores, cómicos y llenos de ternura. La corporalidad y las expresiones de Miguel Tercero hacen que Pablo brille particularmente. Destacan las escenas con música en vivo y el sorpresivo encuentro lunar de Pablo y Julia con Margarita, su maestra de primaria.
Durante la mayor parte de la obra, vi una historia divertida de dos personajes muy distintos que se conocen desde la infancia y se guardan cariño. Vi también, a través de las viñetas de su pasado, a Pablo y Julia descubriendo el enamoramiento en la adolescencia: idas al cine juntos, fiestas de la escuela y el nerviosismo del primer beso. Lo que no vi fue a dos personas adultas enamoradas. La obra no nos muestra por qué Pablo y Julia decidieron seguir juntos tantos años más, casarse, o separarse, ni cómo maduró ese amor adolescente conforme los protagonistas crecieron. Únicamente tenemos algunas pistas que sugieren que sus personalidades chocaban en distintas circunstancias.
Por ello, el final de la obra me decepcionó. En los últimos minutos, descubrimos que Julia y Pablo deciden regresar. Sin mucha justificación más allá de su nostalgia por el pasado, los protagonistas deciden que sus diferencias no son tan importantes como su amor y, lo que sea que los había separado, deja de ser un problema. El viaje a la luna era una promesa que se hicieron desde la infancia y, por lo tanto, su encuentro en esa nave es la señal de que su amor es para siempre.
Se supone que es un final romántico porque se quedan juntos. La dramaturgia pide al público ignorar todo lo que no mostró y confiar en que lo de Julia y Pablo es “amor verdadero” porque ha durado mucho. Crecí, como muchas personas de mi generación, con historias de princesas de Disney que “vivieron felices para siempre” y mandatos de un amor romántico cuyo éxito se mide principalmente por su longevidad.
En 2026, quisiera ver más historias que reconozcan que el amor no es sólo un sentimiento sino una decisión constante en un contexto concreto, y no se sostiene por 18 años simplemente porque hay atracción y cariño. La decisión de la dramaturgia de limitarnos a la infancia y adolescencia de los protagonistas me parece una salida fácil para que todo quede en la superficie. No conocemos la relación de Julia y Pablo como adultos, ignoramos cómo comparten su día a día en un contexto donde hay responsabilidades y conflictos, y nos quedamos con la versión idealizada de un amor incipiente.
No pude conectar con ese final que tomó a los protagonistas estando lejos del planeta en el que viven y de su entorno para decidir regresar. El único argumento que nos muestran para conmovernos con la reconciliación de Julia y Pablo es la nostalgia por el inicio de su relación décadas antes. Al término de la obra, después de los aplausos, el actor Miguel Tercero dice al público, en tono de broma: “No se crean, ¿eh? No tienen que regresar con su ex”. Probablemente fue sólo un chiste, sin intención de invitar a una reflexión profunda. Sin embargo, salgo pensando que estoy de acuerdo. Julia y Pablo tampoco tenían que regresar con su ex.
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Te quiero hasta la Luna se presenta en el Foro Lucerna (Lucerna 64, Metrobús L1/L7: Hamburgo) hasta el 23 de septiembre, con funciones los martes y miércoles a las 20:30 h.
*Paulina López González. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.
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