Paulina López González
El año pasado leí El eterno femenino de Rosario Castellanos como parte de un maratón de lectura. Desde entonces ansiaba que alguien produjera una puesta en escena de ese texto que satiriza las expectativas sociales y la situación de las mujeres en México. La premisa es genial: Lupita acude a un salón de belleza para peinarse el día de su boda, mismo día en que la estética está probando un nuevo aparato que hace a las mujeres soñar mientras están debajo del secador—para evitar la alternativa: que se pongan a pensar. Este aparato hará a Lupita vislumbrar su futuro como madre y esposa abnegada y conversar con mujeres ilustres que, a su manera, desafiaron el modelo tradicional de feminidad como Sor Juana, Carlota y la Malinche.
La Coordinación Nacional de Teatro cumplió mis deseos y el 3 de octubre acudí a ver esta obra, adaptada por Mariana Hartasánchez, junto con alrededor de 20 personas de mi círculo de lectura al Teatro Julián Moisés Calleja. La escenografía y los vestuarios de esta producción transportan al público décadas atrás. Bajo la dirección de Mahalat Sánchez y con un elenco destacado conformado por Aida López, Astrid Mariel Romo, Ximena Romo Mercado, Pedro de Tavira Egurrola, Yulleni Pérez Verti, Verónica Olmedo, Patricia Yáñez y Marcos Radosh, la puesta brilla más en las escenas satíricas fieles al texto original. El primer acto, por ejemplo, —que muestra a Lupita a lo largo de su vida matrimonial, desde la noche de bodas, la crianza de sus hijos, una infidelidad por parte de su esposo, y su vida gozosa en la viudez— es particularmente divertido.
El eterno femenino se publicó de manera póstuma en 1975, año en que la Ciudad de México fue sede de la primera Conferencia Mundial sobre la Mujer. Medio siglo después nos enfrentamos a un contexto político en que, lejos de seguir trabajando por la igualdad de género, crece la predominancia de discursos tradicionalistas que buscan revertir los avances hasta ahora logrados. En los últimos años hemos visto la popularidad de las tradwives, influencers en redes sociales que promueven o romantizan los roles de género tradicionales y la heteronorma —mientras, contrario al modelo tradicional de familia, monetizan su contenido y contribuyen de manera significativa o a veces exclusiva a los ingresos de su hogar—. Aunque recientemente parece que esta tendencia empieza a perder popularidad, con muchas ex-tradwives distanciándose de este rol, los discursos ideológicos conservadores persisten. Hace pocos meses, en México, vimos una propuesta política que busca reemplazar el voto individual con el sufragio por familia.
En este contexto, la adaptación de Hartasánchez del texto de Castellanos busca que la puesta en escena converse con problemáticas actuales, además de mostrar la vigencia del original. En esta versión hay un arco narrativo adicional. Dos actrices de la obra se identifican como tradwives y protestan la puesta en escena antes de que inicie, oponiéndose a las ideas feministas del texto. A lo largo de la pieza, estas actrices detienen la función con interludios breves, que reiteran su oposición. Este recurso no añade complejidad narrativa, además de que se siente desconectado de la historia de Lupita e interrumpe el ritmo. También presenta personajes planos que reducen a las actrices tradwives a su postura conservadora sin mayor contexto.
El eterno femenino es un texto satírico, por lo que no es inusual que sus personajes sean caricaturizados. Sin embargo, el texto de Castellanos nos presenta una diversidad de mujeres en varias épocas, todas con sus propias motivaciones, contextos sociales y deseos. Sabemos que los personajes introducidos por Hartasánchez quieren detener la obra, y que están a favor de la familia heteronormada y los roles tradicionales de género. No sabemos las situaciones particulares ni las presiones familiares ni los deseos personales que las motivan a eso. Pareciera que sólo son su ideología. Para que el texto de Castellanos converse con el presente, me parece importante poner sobre la mesa las nuevas presiones, expectativas y dificultades sociopolíticas que hacen los discursos de las llamadas tradwives atractivos para muchas mujeres contemporáneas.
Hace unos meses en una entrevista, Nara Smith, una influencer con casi cinco millones de seguidores, dijo: “Me usaron como la representación del movimiento tradwife, lo cual fue muy confuso para mí” (traducción propia). Smith menciona que no prioriza ser ama de casa. Afirma que es una mamá trabajadora, no es la cuidadora principal de sus hijos, comparte con su esposo el rol de proveer para su familia y ha trabajado desde que tenía 14 años. Escucho en Smith a una mujer inteligente, estratégica, que ha hecho de su plataforma un negocio lucrativo durante los últimos años. Reducir a las tradwives a mujeres retrógradas que buscan deshacer años de lucha feminista sólo porque sí borra la complejidad de un sistema que, medio siglo después de que se publicó El eterno femenino, sigue poniendo en las mujeres la responsabilidad de los cuidados y la crianza sin valorar este trabajo, añadiendo otra serie de presiones económicas y profesionales.
Hace unas semanas salieron los datos de la encuesta intercensal del Instituto Nacional de Estadística y Geografía, donde se mostró una caída notable en la tasa de fertilidad en el país y particularmente en la Ciudad de México. Después de la publicación de estos datos vi en redes sociales a muchos expertos —hombres que, independientemente de su inclinación política, ponen el grito en el cielo y responden a su (entendible) preocupación preguntándose: ¿cómo le hacemos para que las mujeres quieran tener más hijos? Pienso que no hemos entendido nada.
La relevancia de esta puesta en escena en la actualidad es indiscutible, aun sin la introducción de las tradwives a la conversación. Me pregunto: ¿cómo sería la Lupita de 2026? ¿Qué le depara el futuro que la sociedad espera de ella?
*Paulina López González. Amante del teatro con más de diez años de experiencia como espectadora. Creadora del club de espectadores “Teatreres en la butaca”.
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