Con opacidad, con información a cuentagotas y sin una narrativa clara, 30 elementos de las fuerzas del orden entre militares, integrantes de la Guardia Nacional y policías estatales perdieron la vida como consecuencia del operativo que concluyó con el abatimiento de Nemesio Oseguera Cervantes.
La cifra por sí sola estremece, pero más inquietante que el número es el silencio. Treinta mexicanas y mexicanos que salieron de su casa con uniforme y no regresaron. Treinta familias que comenzaron un duelo que no terminará nunca.
La narrativa federal ha intentado mover el foco. Se ha privilegiado el discurso ideológico, el contraste con el pasado, el ajuste simbólico de cuentas con el gobierno calderonista. La conversación pública se ha desplazado hacia la disputa política. Lo que ha sido casi inexistente es la empatía institucional profunda, el reconocimiento solemne y el homenaje claro a quienes murieron cumpliendo su deber.
En las Fuerzas Armadas y en las corporaciones del orden, el reconocimiento no es un acto ornamental, es un mensaje moral. Honrar a quienes pierden la vida por valor y patriotismo no es un gesto mediático, es una pausa obligada de la República. Es decirle a sus familias que el sacrificio irreparable no será administrado en el olvido. Es afirmar que el Estado sabe quién pagó el precio. Y también es enviar un mensaje claro a los uniformados que siguen en servicio, que su entrega no es invisible, que su esfuerzo y el riesgo cotidiano que asumen no son en vano, que su sacrificio tiene sentido para sus familias y para su país.
Fuimos por un capo que representó muerte, miedo y destrucción. La operación tuvo un costo humano altísimo. El país debería tener la madurez suficiente para sostener dos ideas al mismo tiempo, la necesidad estratégica de actuar y la obligación ética de honrar a quienes cayeron. Una no cancela a la otra.
Mientras tanto, el mundo observa otra escena. Estados Unidos inició junto con Israel una embestida bélica contra Irán que desde el viernes capturó la atención mediática global. En ese conflicto, hasta el lunes 2 de marzo, cuatro miembros del servicio estadounidense habían perdido la vida y cinco más se encontraban gravemente heridos. En al menos dos ocasiones el presidente norteamericano salió públicamente a lamentar la muerte de sus soldados, elevando su memoria a la categoría de héroes nacionales.
Ayer mismo, en la Casa Blanca, encabezó la ceremonia de entrega de la Medalla de Honor a tres soldados del Ejército que participaron en operaciones ocurridas años atrás y no relacionadas con los acontecimientos recientes, dos de ellos de manera póstuma. Es la máxima condecoración militar por valor en combate. El mensaje es inequívoco, tu sacrificio importa, tu familia será abrazada por la nación, tu ausencia no será reducida a una estadística y tu nombre será pronunciado con honor, no susurrado en el silencio.
No se trata de comparar a México con una potencia mundial de larga tradición bélica, ni de entrar al debate sobre la esencia o la naturaleza de ese conflicto. Ese no es el punto. El punto son las formas. El punto es la dignidad con la que un Estado honra a quienes entregan la vida en su nombre. La gratitud hacia quienes sacrifican su vida por la paz, el orden o la vida de los demás no tiene nacionalidad ni ideología, es un principio básico de humanidad. Cuando esa gratitud se diluye o se vuelve secundaria frente a la agenda política, algo esencial comienza a romperse en el alma de la República.
En México estamos reemplazando ese principio por una narrativa política partidista instalada desde 2018, una narrativa que ha debilitado instituciones y que hoy pretende redefinir incluso el significado del sacrificio. En ese escenario, un concierto de Shakira puede concentrar más minutos, más entusiasmo y más espacio en la mañanera que la muerte de treinta mexicanas y mexicanos que salieron a servir a su país y no regresaron. No es un debate cultural ni mediático, es una señal de cuáles son hoy nuestras prioridades como República. Y cuando una nación pierde claridad sobre a quién debe honrar, comienza también a perder el rumbo sobre qué está dispuesta a defender.
