En otra época, la guerra se explicaba con solemnidad. Se invocaban principios, amenazas estratégicas, equilibrios globales, ahora todo es una trivialización del mensaje
En otra época, la guerra se explicaba con solemnidad. Se invocaban principios, amenazas estratégicas, equilibrios globales, ahora todo es una trivialización del mensaje

En la Casa Blanca de Donald Trump, la guerra contra Irán ha sido envuelta en una estética de videojuego, montada con ritmo de tráiler, condimentada con referencias a Bob Esponja, Top Gun, Dragon Ball Z, Mortal Kombat y Wii Sports. No es solo propaganda, es una mutación cultural del lenguaje bélico. La violencia real ha sido reempaquetada como entretenimiento digital.
En otra época, la guerra se explicaba con solemnidad. Se invocaban principios, amenazas estratégicas, equilibrios globales. Había una liturgia del poder que incluía presidentes hablando desde atriles sobrios, voceros apelando al interés nacional, generales prometiendo que el uso de la fuerza era doloroso pero necesario.
El dato más inquietante no es únicamente el uso de memes, sino lo que ese recurso revela sobre la lógica de comunicación de Trump en la que ya no se trata de justificar una guerra, sino de volverla consumible.
El Financial Times advierte cómo la Casa Blanca difunde videos con esa estética como el que colocó en X donde Bob Esponja dice “¿quieres verme hacerlo otra vez?” mientras se suceden imágenes de misiles estadounidenses destruyendo aviones y camiones iraníes; otro montaje presentó la llamada Operación Epic Fury con estética de Wii Sports, enlazando un strike de boliche o un “hole in one” con explosiones reales sobre territorio iraní.
@whitehouse A message to terrorists:
♬ original sound - The White House
El mensaje no busca transmitir gravedad, sino adrenalina. No pretende elevar el debate público, sino reducirlo a una secuencia de estímulos inmediatos, reconocibles y virales.
Ahí radica la verdadera trivialización, la guerra deja de aparecer como tragedia política y humana para convertirse en pieza de marketing emocional. La operación militar ya no se presenta como un hecho extremo del Estado, con costos irreversibles, sino como una victoria estética.
Es la guerra narrada con la gramática del clip breve: impacto visual, música pegajosa, referencias pop, frases de gamer, euforia tribal. El conflicto se vuelve “contenido”. Y cuando la guerra entra al ecosistema del entretenimiento, el dolor sale del encuadre. Las víctimas desaparecen, las ruinas se vuelven decorado y la destrucción se presenta como una demostración cool de poder.
Esa estrategia no es accidental. Varios analistas citados por el Financial Times la definen como una “memificación” y “gamificación” de la guerra. El historiador Nick Cull la consideró "una forma espantosa de representar el conflicto", mientras Roger Stahl, especialista en comunicación, sugirió que estos materiales "no intentan convencer a los sectores escépticos, sino galvanizar a la base dura del trumpismo con una versión excitante, simple y emocionalmente gratificante del enfrentamiento con Irán".
Es decir: no se busca persuadir al país entero, sino consolidar a una audiencia ya moldeada por la lógica del espectáculo, el algoritmo y la pertenencia identitaria.
Con Trump, la política exterior no se comunica como diplomacia ni como doctrina de seguridad, sino como performance. La guerra, en ese universo, no debe ser comprendida, debe ser aplaudida. Tiene que “pegar” como pega un video viral. Debe sentirse como una escena de acción o como una partida ganada, aseguran los expertos.
Por eso la Casa Blanca y sus funcionarios acompañan esos videos con jerga propia de gamers y streamers; por eso importa más el montaje que el argumento. No estamos ante una explicación del conflicto, sino ante una puesta en escena de la dominación.
La paradoja es brutal: cuanto más compleja y peligrosa es una guerra, más infantil se vuelve su empaque comunicacional.
El uso de íconos del pop cumple una función precisa: rebajar la distancia moral entre el espectador y la violencia. Bob Esponja, Pokémon o Wii Sports no son simples referencias humorísticas; son atajos afectivos. Activan familiaridad, ironía, complicidad generacional. Le dicen a una parte del público, sobre todo a los votantes jóvenes y digitalizados, que este conflicto puede leerse con el mismo código con el que consumen memes, streams o edits de TikTok.
Una encuesta de Reuters/Ipsos levantada entre el 6 y el 9 de marzo de 2026 encontró que solo 29 por ciento de los estadounidenses aprobaba los ataques militares contra Irán, mientras 43 por ciento los desaprobaba; además, 64 por ciento consideró que Trump no había explicado con claridad los objetivos de la guerra.
Los números sugieren que, detrás del ruido digital y del músculo propagandístico, persiste una desconfianza profunda. El video puede ser eficaz como combustible para la base, pero no necesariamente como mecanismo de legitimación nacional.
El reportaje del Financial Times insiste en que la guerra narrada con códigos del pop no convoca a la deliberación democrática, convoca al reflejo tribal. "Se celebra el golpe, se comparte el clip, se replica el eslogan, se refuerza la identidad. Lo importante no es qué ocurre en Irán, sino qué siente el seguidor de Trump al verlo en su pantalla".
Las reacciones de rechazo también revelan el límite ético de esa estrategia. Ben Stiller protestó públicamente por el uso de imágenes de Tropic Thunder en uno de los montajes difundidos por la Casa Blanca y lanzó una frase que resume el malestar de fondo: “La guerra no es una película”. No fue el único.
@whitehouse Coming in hot 🤫
♬ original sound - The White House
También hubo críticas de veteranos y comentaristas que vieron en esos videos una frivolización obscena de un conflicto con consecuencias irreversibles. La objeción no es estética sino moral, porque cuando un gobierno convierte la violencia estatal en clip celebratorio, erosiona la frontera entre informar y excitar, entre comunicar y deshumanizar.
Frente a ello, la defensa oficial de la Casa Blanca ha sido previsible: no se trataría de banalizar la guerra, sino de mostrar el éxito del ejército estadounidense. Pero ese argumento omite lo esencial.
Toda propaganda bélica selecciona lo que muestra y lo que oculta. Aquí, lo ocultado no es un detalle menor, sino el corazón mismo del conflicto: el sufrimiento, la devastación, la incertidumbre regional, el costo económico, el riesgo de escalada y, sobre todo, la dimensión humana de la muerte, dicen los críticos citados por el diario. "Al vaciar la guerra de sus consecuencias visibles, la comunicación trumpista la convierte en una prueba de marca. Ya no importa el peso de la decisión militar; importa la potencia visual del impacto"
Comparada con otras tradiciones presidenciales de Estados Unidos, la diferencia es notable. Incluso cuando Washington ha recurrido a argumentos discutibles o francamente engañosos para justificar guerras, solía envolver sus acciones en registros morales grandilocuentes: la defensa de la democracia, la estabilidad internacional, el orden global.
Lo que hoy aparece con Trump es otra cosa: un abandono de la solemnidad estratégica en favor del espectáculo sin pudor. "No hay una épica del sacrificio, sino una estética del dominio; no una pedagogía del conflicto, sino una mercadotecnia de la fuerza. La guerra deja de ser presentada como un último recurso y aparece como una experiencia visual ganadora", se lee en el reportaje.
Eso debería encender alertas mucho más allá de la coyuntura iraní. Porque lo que está en juego no es solo la propaganda de una administración, sino una transformación más amplia en la forma en que el poder comunica la violencia en la era de las plataformas.
Cuando el Estado habla como influencer, edita como streamer y vende la destrucción como highlight, la política se empobrece y la guerra se vuelve socialmente más digerible. Trump no inventó la propaganda, pero sí empujó su mutación hacia una versión abiertamente algorítmica, donde el éxito de un mensaje se mide por su capacidad de circular, emocionar y polarizar.
En el fondo, la trivialización de la guerra no consiste en negar que exista, sino en volverla espectáculo. Hacer que parezca menos grave de lo que es porque luce familiar, divertida o cinematográfica.
@whitehouse HOME RUN 🔥
♬ original sound - The White House
También te puede interesar
Misiles, ‘deepfakes’ y narrativa: la nueva guerra en el Medio Oriente - La Aurora de México
Recomendar Nota
Contacto