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En Ucrania cuesta 918 dólares neutralizar a un soldado ruso porque los drones han cambiado la guerra

Por décadas, la guerra moderna estuvo determinada por la superioridad de la industria militar: tanques, aviación, artillería y misiles de millones de dólares. Hoy, en las trincheras de Ucrania, esa lógica está siendo reemplazada por la capacidad de eliminar a un combatiente enemigo por menos de lo que cuesta un teléfono inteligente

La guerra entre Rusia y Ucrania ha transformado radicalmente la forma de entender el combate terrestre. Si durante el siglo XX la ventaja militar dependía de plataformas cada vez más sofisticadas y costosas, el conflicto iniciado en 2022 ya estableció un paradigma diferente en el que la masificación de sistemas no tripulados de bajo costo es capaz de alterar el equilibrio estratégico con una inversión mínima.

La afirmación más reveladora de este cambio provino de Robert Brovdi, comandante de las Fuerzas de Sistemas No Tripulados del Ejército de Ucrania, quien aseguró que el costo promedio para neutralizar a un soldado ruso es de aproximadamente 918 dólares.

La cifra, difundida durante una entrevista pública, representa uno de los indicadores más contundentes sobre la evolución de la guerra tecnológica. Aunque el propio dato no fue acompañado de una metodología verificable, Brovdi explicó que el cálculo incorpora el costo de fabricación del dron, el empleo de recursos humanos y el tiempo promedio invertido por el operador para cada objetivo alcanzado.

Más allá de la precisión estadística del número, el mensaje estratégico es que Ucrania sostiene que puede infligir pérdidas humanas significativas a Rusia mediante plataformas relativamente económicas y altamente escalables.

El contraste económico resulta aún más llamativo cuando se observa desde la perspectiva rusa.

Un estudio publicado en marzo de 2026 por los investigadores estadounidenses David R. Henderson y Ryan Sullivan, elaborado con el propósito de estimar el costo económico que representa para Moscú la pérdida de personal militar desde el inicio de la invasión, concluye que cada soldado ruso perdido supone un costo aproximado de 2.6 millones de dólares para el Estado ruso.

La diferencia entre ambas cifras —918 dólares frente a 2.6 millones— no implica únicamente una comparación financiera. Refleja dos formas completamente distintas de medir el desgaste de una guerra.

Mientras el estudio estadounidense calcula el impacto económico integral que representa para Rusia perder a un combatiente —considerando costos de formación, reemplazo y otros factores asociados—, la estimación presentada por el mando ucraniano busca cuantificar los recursos necesarios para producir esa baja mediante operaciones con drones.

En términos de comunicación estratégica, el contraste refuerza la narrativa de que Ucrania puede imponer costos extraordinariamente altos a su adversario utilizando inversiones relativamente reducidas.

Una fuerza pequeña con un impacto desproporcionado

El crecimiento del empleo de vehículos aéreos no tripulados ha convertido a estas unidades en uno de los principales instrumentos ofensivos del ejército ucraniano.

De acuerdo con los datos difundidos por el mando militar, las fuerzas especializadas en sistemas no tripulados representan menos del tres por ciento del personal total del Ejército, pero serían responsables de aproximadamente un tercio de las bajas rusas registradas durante los últimos doce meses.

La dimensión operativa también resulta significativa.

Entre enero y mayo de 2026, los drones operados por militares ucranianos habrían eliminado más de 50 mil soldados rusos, equivalente a un promedio superior a 300 bajas diarias.

El objetivo declarado por Kiev es aún más ambicioso: alcanzar un ritmo de 50 mil soldados rusos neutralizados cada mes, una meta que evidencia el peso estratégico que las autoridades militares atribuyen a esta capacidad tecnológica.

Durante décadas, destruir blindados, artillería o infraestructura logística fue considerado el principal objetivo táctico de las operaciones militares.

Hoy, esa prioridad parece estar cambiando.

Según la información difundida por el mando ucraniano, la unidad dirigida por Robert Brovdi recibió instrucciones de dedicar un tercio de su tiempo operativo a atacar directamente al personal militar ruso, antes que concentrarse exclusivamente en vehículos blindados u otro equipamiento.

La lógica responde a un principio de desgaste.

Para Kiev, el recurso más difícil de reemplazar políticamente no son los tanques ni los sistemas de armas, sino los combatientes.

Cada baja obliga a Moscú a acelerar procesos de reclutamiento y reducir los periodos de entrenamiento, circunstancia que, según la evaluación ucraniana, incrementa la vulnerabilidad de los nuevos soldados frente al empleo masivo de drones FPV.

En consecuencia, el ciclo se retroalimenta: menos entrenamiento produce tropas menos preparadas; tropas menos preparadas generan mayores pérdidas; y mayores pérdidas obligan a acelerar nuevamente el reclutamiento.

El crecimiento exponencial del empleo de drones FPV también modifica uno de los indicadores clásicos del análisis militar: la relación entre muertos y heridos.

En los conflictos convencionales de gran escala del siglo XX era habitual observar una proporción aproximada de un soldado muerto por cada tres a cinco heridos.

En el frente ucraniano esa relación ha cambiado de manera considerable.

Los datos más recientes sitúan la proporción rusa en un muerto por cada 1.3 heridos, un nivel de letalidad que diversos analistas consideran excepcionalmente elevado para una guerra convencional contemporánea.

Esta relación acerca el comportamiento estadístico del conflicto a los registros observados durante la Primera Guerra Mundial, donde las posibilidades de supervivencia tras resultar alcanzado eran considerablemente menores que en los conflictos posteriores.

La explicación se encuentra, en parte, en la precisión de los drones FPV, capaces de impactar directamente sobre posiciones individuales, trincheras o refugios con una capacidad destructiva difícil de neutralizar mediante los sistemas tradicionales de protección.

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