Acapulco, Gro.- El 16 de septiembre observé por televisión los discursos de los secretarios de Marina, Armada de México, del secretario de la Defensa Nacional, de la presidenta de México y luego el desfile militar.
Al igual que millones de televidentes, atestigüé el paso y exhibición de armamento, vehículos, helicópteros artillados, “fuerzas especiales”, “fuerzas de élite”, con rostros pintados de negro (para dar temor), fuertemente armados y blindados. Una parafernalia para demostrar poder, fuerza, supremacía. ¿Pero, sobre quién? Porque sobre el Ejército de Estados Unidos, dada la magnitud de sus fuerzas militares, ni “a melón” les sabrían. Tampoco a los grupos del crimen organizado. Porque, un día después, en Mochitlán y Quechultenango, Guerrero, ese “ejército formidable”, que desfiló en la Ciudad de México, fue apaleado, desarmado y postrado en un gimnasio del pueblo, según las noticias que dieron todos los periódicos nacionales. Y, todavía, quemaron patrullas de la Guardia Nacional (esas que se vieron “blindadas y poderosas” durante el desfile). Solo fueron perdonados y liberados con la condición de firmar una minuta de que no pueden ir a esos municipios guerrerenses sino con la autorización y acompañamiento de las eufemísticas “policías comunitarias”. ¿De qué soberanía habla Sheinbaum?
Para mí queda claro que el gobierno federal, el estatal y municipal están subordinados o, en el mejor de los casos, reducidos a la voluntad de los criminales y que la jurisdicción territorial no está en el gobierno mexicano. Tal y como lo ha manifestado el gobierno estadounidense, que hay amplias zonas del territorio que son controladas por diversos grupos que ya rivalizan con el Estado mexicano. Y no solo en territorio, sino en los tres sectores productivos de la economía.
Regreso a las imágenes televisivas del desfile militar y no puedo evitar sentir que esos vehículos, esas “fuerzas” solo son para paradas (faramallas) militares. Nada más. Porque para hacer efectiva la soberanía y el Estado de derecho, nomás no sirven. O es que no pueden o no quieren o son cómplices. En cualquiera de los casos, es un Estado fallido.
Epílogo: Como porteño, apunto que jamás he visto las patrullas de “búsqueda y rescate” ni los “aquanautas” de la Marina -que desfilaron en la CDMX- en las playas de Acapulco. Tal vez porque no quieren que se desgasten o solo porque solo sirven para exhibirlas en los desfiles.
No puedo dejar de recordar el título de un libro de la Doctora Sara Sefchovich: “País de mentiras”.
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