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La máscara de la muerte roja

Edgar Allan Poe escribió sobre un príncipe que creyó poder encerrarse en su castillo y mantener la muerte afuera. Fiesta adentro, plaga afuera. Control total. Todos sabemos cómo termina. Esta semana yo fui ese príncipe. La influenza entró igual.

Antes una gripita era logística menor. Jugo de naranja, dos ibuprofenos, un suéter encima y a darle. El cuerpo se quejaba un poco, tú lo ignorabas con elegancia y para el martes ya estabas en modo operativo. La gripa era inconveniente de lunes. No tragedia. No agenda cancelada. No siete días horizontal preguntándote si el techo tiene humedad o si siempre fue así.

A ver: a los cuarenta la influenza no es gripa. Es otra cosa. Es fiebre que no avisa y no negocia. Es el cuerpo descomponiéndose en cámara lenta mientras intentas revisar el correo desde la cama y te das cuenta, en tiempo real, de que no puedes sostener ni un hilo de pensamiento. Siete días. No tres. No “me siento mal pero trabajo”. Siete días reales, con sus noches, con su farmacia, con su caldo que alguien tiene que traerte porque tú no llegas a la cocina sin el drama completo.

Y mientras estás ahí, inmóvil, el mundo sigue facturando. El trabajo no se pausa. Las juntas se reagendan pero no desaparecen: se acumulan. El teléfono vibra con la misma urgencia de siempre, solo que ahora esa urgencia te parece todavía más absurda porque llevas cuatro días con 38.5 y nadie, nadie, ha preguntado si necesitas algo concreto. Solo “¿ya estás mejor?”, que es la pregunta que hace quien quiere saber cuándo regresas, no cómo estás.

Ojo, el cuerpo a los cuarenta no castiga por descuido. Castiga por acumulación. No fue el frío. No fue el contacto. Fue la semana anterior, y la de antes, y el sueño que no fue suficiente y el estrés que sí fue demasiado. La influenza solo cobró la factura. El concepto fue anterior.

Reitero: el príncipe de Poe no murió por descuidado. Murió por creer que podía administrar lo incontrolable. Yo también tenía todo agendado esta semana. Columna, reuniones, compromisos. El cuerpo no leyó el calendario. El cuerpo tiene su propio criterio, y a los cuarenta ese criterio pesa más que el tuyo.

El hombre fácil salió de la influenza con siete días menos, una caja de medicamentos vacía y una conclusión sencilla: el cuerpo no es infraestructura. Es el socio más importante del negocio. Y como todo socio ignorado, eventualmente manda señales que no puedes silenciar. La próxima vez que creas que puedes seguir sin parar: el castillo también se rinde.