El vandalismo de los cavernícolas de la CNTE en la Ciudad de México se puede medir en dinero, pero el daño de poner en esas manos la educación de millones de niños oaxaqueños, guerrerenses, chiapanecos y michoacanos es un crimen imposible de cuantificar.
La permisividad de las autoridades capitalinas con los maestros que destruyen bienes públicos y propiedad privada no tiene madre, aunque sí tiene padre, y se llama Andrés Manuel López Obrador.
AMLO echó abajo la reforma educativa que había puesto en la lona a la CNTE y le devolvió el oxígeno y el poder en la educación, a cambio de apoyo político.
La presidenta se autoengaña al acusar a “la ultraderecha” de mover a la CNTE, como si Sandoval Íñiguez, Verástegui o el fantasma que quieran tuviera algún poder sobre la coordinadora magisterial.
El padre de la criatura es AMLO, y si alguien tiene en su mano el mango de esa sartén es el expresidente y nadie de “la derecha”, “los conservadores” o la ultraderecha.
Si el vandalismo desatado por la CNTE fuera, en realidad, porque no les han cumplido con la derogación de la Ley del ISSSTE para sus pensiones, irían a protestar a Palenque, donde está el que se los prometió y no cumplió.
Vayan a Palenque. ¿A ver? Ahí sí les pueden resolver el problema, y no en la SEP, donde despacha un tipo asustado y sin poder real.
Vienen a la CDMX donde hay cámaras de televisión de todo el mundo y centenares de miles de afectados que reproducen en redes sociales las imágenes de los trogloditas en acción.
Ahí está la CNTE, que muestra en las calles, urbi et orbi, las garras del tigre.
Se llevarán cientos o miles de millones de pesos de gratificación por haber hecho lo importante: mostrar capacidad para desestabilizar cuatro estados y la capital del país.
Sólo el dueño del tigre sabe a quién quiere “hacer reflexionar” con la amenaza de un país convulsionado.
El gobierno de AMLO le devolvió a la coordinadora (y al SNTE) el poder para ascensos, promociones, bonos, nombramiento de directivos y, en síntesis, la rectoría de la educación y el manejo de recursos. Les quitó evaluaciones, capacitación obligatoria, etcétera.
Todo lo anterior se hizo con el pretexto de revertir la privatización de la escuela pública.
Mentira. Fue para tener en su mano al grupo capaz de movilizarse, con violencia, si es que se ofrece.
Y a los niños de Oaxaca, Michoacán, Chiapas y Guerrero los condenó a la pobreza para tener votantes cautivos a cambio de apoyos sociales del gobierno populista.
Esa es la causa del atraso en las cuatro entidades castigadas por la coordinadora.
Todos los gobiernos, del color político que sea, han canalizado recursos por cientos de miles de millones de dólares a esos estados, y lo que se reproduce es la pobreza.
La mala calidad de la educación y un magisterio movilizado contra la inversión privada, son las cadenas que atan a la pobreza a oaxaqueños, chiapanecos, guerrerenses y michoacanos.
Ya se había vencido esa resistencia de décadas: la reforma educativa estaba en marcha y también el Programa de Zonas Económicas Especiales para canalizar inversión privada al sur-sureste.
Fue el presidente López Obrador -y Morena- quien echó abajo ambas iniciativas y apagó el breve amanecer en esa región del país.
Ahora el tigre está en las calles, y la presidenta dice que es “la ultraderecha”.
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