La serie Los entresijos de la FIFA y la película México 86, ambas en Netflix, recuerdan que los mundiales son mucho más que futbol. Detrás de cada sede hay dinero, poder, influencia política y una feroz disputa por controlar uno de los espectáculos más rentables del planeta. La FIFA vende pasión. Los gobiernos compran prestigio. Las empresas buscan negocios. Los políticos persiguen legado. Nadie invierte miles de millones de dólares únicamente para organizar partidos de futbol. Eso queda para los aficionados, que son los únicos inocentes en esta historia.
Por eso se ha puesto de moda el concepto de sportswashing. Utilizar el deporte para lavar imagen, suavizar críticas o mover durante unas semanas la conversación pública. Que se hable de goles y no de muertos. De estadios y no de desaparecidos. De turistas y no de bloqueos. De camisetas y no de gobiernos rebasados. La fórmula no es nueva. Lo nuevo es que hoy se discute con más claridad, con más evidencia y con menos ingenuidad.
La lógica parecía impecable cuando México, Estados Unidos y Canadá obtuvieron la sede compartida del Mundial 2026. La narrativa era poderosa. Norteamérica integrada. Prosperidad compartida. Millones de visitantes. Turismo, inversión, derrama económica y una región poderosa mostrándose al mundo como bloque. El problema es que aquella ecuación política fue pensada para otros gobiernos, otro momento y quizá otro nivel de entusiasmo social.
Los tres países que celebraron aquella designación ya no son exactamente los mismos que hoy reciben el torneo. Estados Unidos vive una polarización política feroz. Canadá enfrenta tensiones económicas y sociales que ya no puede presentar como simples molestias administrativas. México llega con una agenda mucho más pesada. Violencia, desapariciones, extorsiones, bloqueos, confrontación política y una irritación social que no desaparece porque empiece a rodar la pelota.
A casi una semana del arranque, el Mundial no termina de adueñarse del espacio público como muchos imaginaron. La mejor prueba está en la Ciudad de México. La CNTE mantiene bloqueos y movilizaciones. Los colectivos de búsqueda siguen exigiendo respuestas. Diversos sectores continúan protestando por causas distintas. La violencia sigue generando noticias todos los días. Los problemas nacionales no hicieron fila para entrar al estadio ni aceptaron quedarse en la banca durante cinco semanas.
Hay entusiasmo futbolero, desde luego. Restaurantes llenos durante los partidos. Familias reunidas frente al televisor. Camisetas verdes. Banderas. Celebraciones. Pero una cosa es disfrutar el Mundial y otra muy distinta creer que el país completo iba a entrar dócilmente en modo fiesta. La tregua mundialista no existe. Al menos no como la imaginaron quienes apostaban a cinco semanas de anestesia emocional.
Durante décadas, los grandes eventos deportivos funcionaron como pausa colectiva. México 86 ocurrió en medio de una crisis económica profunda y aun así quedó instalado en la memoria como una fiesta nacional. Hoy el país es distinto. La sociedad está más agraviada, más informada, más fragmentada y menos dispuesta a comprar relatos oficiales completos. La gente puede gritar un gol y cinco minutos después mentarle la madre al gobierno por una calle bloqueada, una extorsión, una desaparición o una ciudad tomada.
Ahí está el verdadero dato político de estos primeros días. México no rechazó el Mundial. Rechazó que el Mundial sustituyera la conversación nacional. La FIFA montó su espectáculo. Los patrocinadores desplegaron su maquinaria comercial. Los gobiernos consiguieron la fotografía que buscaban. Pero hay realidades que no se esconden debajo del pasto recién cortado. Los países pueden organizar mundiales. Los problemas pendientes también terminan presentándose al partido. En el México de 2026 decidieron jugar de titulares.
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