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Información para decidir con libertad

El costo de la unanimidad

Hay organizaciones donde todos parecen estar de acuerdo. Las reuniones terminan rápido. Casi nadie cuestiona. Las decisiones se aprueban por consenso. Desde fuera, parecen organizaciones sanas.

Hasta que aparece el primer desacuerdo importante. Entonces descubrimos que nunca hubo consenso. Solo había unanimidad. Confundimos ambas cosas con frecuencia, pero son casi opuestas. La unanimidad elimina el conflicto. El consenso aprende a trabajar con él.

Cuando buscamos unanimidad, el desacuerdo se interpreta como una amenaza: alguien está dividiendo, retrasando o complicando las cosas. La reacción natural es intentar corregirlo, convencerlo o aislarlo.

El consenso parte de una premisa distinta. Asume que personas inteligentes, comprometidas con un mismo proyecto, pueden llegar a conclusiones diferentes. Y que esas diferencias no son un error del sistema, sino parte del proceso mediante el cual una organización aprende.

Eso exige habilidades poco comunes. Escuchar para comprender y no solo para responder. Distinguir una diferencia de método de una diferencia de principios. Defender una postura sin convertirla en una cuestión de identidad.

No es sencillo. Tampoco rápido. Pero casi todas las instituciones que perduran desarrollan alguna capacidad para procesar el desacuerdo sin romperse.

Muchas de las organizaciones políticas que heredamos aprendieron exactamente lo contrario. Durante décadas, la lealtad se confundió con la ausencia de cuestionamientos y la disciplina con la alineación. El conflicto desaparecía de las reuniones, pero no de la realidad. Solo dejaba de discutirse hasta que terminaba explotando.

El problema no es exclusivo de la política. También ocurre en empresas, universidades, organizaciones civiles e incluso familias. Cada vez que confundimos cohesión con uniformidad, renunciamos a una de las principales fuentes de aprendizaje colectivo.
Una institución no demuestra fortaleza cuando nadie discrepa. La demuestra cuando puede procesar el desacuerdo sin perder el rumbo.
Las democracias funcionan igual.

No necesitan ciudadanos que piensen exactamente lo mismo. Necesitan ciudadanos capaces de construir decisiones con personas que nunca pensarán exactamente igual que ellos.

Las democracias no se rompen solo por exceso de conflicto. También se rompen por exceso de unanimidad.

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