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¿Qué significa ser hombre?

Estoy cierto de que uno de los aportes más interesantes de la revolución de la mujer en los últimos 100 años es haber cuestionado a profundidad lo que significa ser hombre. Nadie puede estar en el mundo sin una identidad y su ausencia me parece que está en el fondo de la evidente crisis de masculinidad en que vivimos. ¿Lo duda? Pregúntele a las mujeres.

No soy especialista en estudios de género. Tan sólo comparto una serie de inquietudes sobre la identidad masculina, desde mi experiencia como historiador de la justicia, que suele toparse en los tribunales con problemas que hoy llamaríamos de género, por la simple razón de que ahí se ventilan problemas entre hombres y mujeres con sus derechos y responsabilidades. Por ahora, quisiera plantear el problema, nada más.

Primero. La pregunta sobre la identidad masculina no es nueva. Todas las culturas se han planteado el mismo problema, sólo que hoy adquiere un sentido de urgencia. Cierto es que ha existido un común denominador, pero cada cultura le imprime sus características según tiempos, persona, lugares y contextos. La idea en una sociedad nómada de cazadores recolectores será distinta a otra industrial como la nuestra.

Segundo. La definición por oposición, como lo hacen ciertos machismos y hembrismos, muestra tremendas limitaciones. Ser hombre, se diría, implica hacer aquello que no pueden hacer las mujeres. Una visión un tanto utilitaria de la identidad. La trampa es que las mujeres hoy en día pueden hacer casi todo lo que hacen los hombres, de distinta o igual manera, con excepción de algunas funciones fisiológicas. Así que reducir la masculinidad a una realidad funcional orgánica me parece, por lo menos, un fiasco identitario.

Tercero. Podríamos intentar, entonces, una definición precisa, es decir, buscar una idea clara y distinta, unívoca, sobre la masculinidad aplicable en todo momento, capaz de incluir a todos los hombres. El problema es que por este camino dejaríamos fuera la complejidad personal, social, histórica y trascendente de la realidad de las personas.

Cuarto. Lo anterior quiere decir que el camino, o método, de buscar definiciones precisas de la masculinidad, lo mismo que intentar entenderla por oposición, está condenado al fracaso por insuficiente.

Quinto. Lo que sí podemos hacer es identificar diversas manifestaciones de la masculinidad. Esto es como el amor, se puede caracterizar, pero no definir. De ser así, sería conveniente buscarlas a través de la analogía, siguiendo la propuesta de Mauricio Beuchot. Es decir, podemos aproximarnos a través de un campo de significado que dé cuenta, al mismo tiempo, de lo común y lo diverso de la masculinidad.

Por método analógico podemos empezar, al igual que con el amor, por describir aquellas conductas que implican ausencia o deficiencia de masculinidad. Decimos que es poco hombre quien: es violento, irresponsable o infiel con su pareja; no respeta de manera integral a los más débiles; reduce a la mujer a un objeto de uso y abuso; no tolera el éxito de la mujer; es irresponsable o abandona a sus hijos; no es leal a sus amigos; no tiene control sobre sus emociones y pasiones; es afectivamente irresponsable; usa a los demás para alcanzar sus propios fines. La lista podría ampliarse, seguramente. Ahora, ¿cuál sería el siguiente paso?

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