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A quién le sirve tu enojo

Hay un enojo acumulado en México. Es legítimo. Décadas de corrupción e impunidad dejaron la sensación de que nadie respondía por sus actos. Era inevitable que la sociedad exigiera consecuencias.

El problema aparece cuando esa exigencia se convierte en hambre de culpables.

En ese momento deja de importar si una investigación fue sólida, si el debido proceso se respetó o si las pruebas resisten el escrutinio. Basta con que alguien sea exhibido para sentir que, al fin, se hizo justicia. La necesidad de castigo termina desplazando a la necesidad de verdad.

El oficialismo sabe esto. Y lo usa.

Cuando la sed de justicia es grande, resulta fácil saciarla con la primera persona que aparece en escena. Dejamos de preguntarnos quién decidió que fuera ese caso, en ese momento, bajo esas condiciones. La detención ya cumplió su función antes de que haya sentencia. El daño no espera al veredicto.

Ese mecanismo debilita a todos. Hoy puede alcanzar a una figura pública conocida. Mañana puede tocar a cualquier ciudadano que dependa de instituciones imparciales para defender lo que le corresponde.

La fortaleza de un Estado de derecho no se mide por el número de personas detenidas. Se mide por la confianza de que cualquier investigación, contra cualquier persona, llegará al mismo lugar: la verdad.

Ernesto Ruffo lleva días detenido sin que el gobierno le aplique el mismo estándar que exige para procesar a Rubén Rocha Moya, contra quien las pruebas abundan y la impunidad persiste. Cuando la vara cambia según el expediente, cuando no hay debido proceso ni trato equivalente, no estamos ante un proceso judicial. Estamos ante un preso político.

No estoy absolviendo a Ruffo. Si hay evidencia real, que enfrente la ley como cualquiera. Eso es precisamente lo que exijo: las mismas reglas para todos.

Nuestra responsabilidad ciudadana es no dejarnos llevar por la emoción inicial. El enojo tiene un destinatario correcto: el sistema que decide qué expedientes avanzan y cuáles se archivan. Dirigirlo hacia quien nos ponen enfrente es regalarle al poder exactamente lo que necesita.

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