Durante décadas, Estados Unidos fue el principal garante externo de la seguridad de Medio Oriente. Sus fuerzas militares, sus alianzas, la venta de armamento y su capacidad de disuasión fueron pilares del equilibrio regional. Esa estructura está cambiando.
La guerra con Irán ha puesto a prueba esa arquitectura y ha demostrado cómo un conflicto puede comprometer la estabilidad militar, energética y comercial de la región. La respuesta de Washington ha reabierto el debate sobre la sostenibilidad de ese papel. Al mismo tiempo, China ha ampliado su presencia económica, comercial, tecnológica y diplomática. Para los gobiernos regionales, crece el incentivo para diversificar relaciones y reducir la dependencia de un solo socio.
Una señal de este cambio llegó hace unos días de El Cairo. Durante su visita a Egipto, Xi Jinping respaldó una nueva arquitectura de seguridad para Medio Oriente en la que los Estados de la región tengan mayor responsabilidad sobre su propia seguridad y en la gestión de sus conflictos. El presidente Abdel Fattah al-Sisi respaldó la propuesta y expresó su disposición a profundizar la coordinación con Beijing. El acercamiento es estratégico para China, ya que Egipto controla el Canal de Suez, una de las principales rutas comerciales entre Asia y Europa, y conserva capacidad de interlocución con actores enfrentados en la región.
Semanas antes, Arabia Saudita, Turquía y Pakistán habían firmado en La Meca un acuerdo de defensa que establece que un ataque armado contra cualquiera de los tres será considerado un ataque contra todos. El pacto contempla mecanismos de coordinación, pero carece de la estructura, integración y experiencia operativa de una alianza como la OTAN. Su importancia está en que tres Estados con capacidades y prioridades distintas, que habían tenido fricciones, están creando un mecanismo de disuasión y cooperación en materia de defensa.
Ambos acontecimientos reflejan una misma tendencia: la diversificación estratégica. Arabia Saudita mantiene su cooperación militar con Washington mientras estrecha sus vínculos con Ankara, Islamabad y Beijing. Turquía permanece en la OTAN mientras desarrolla mayor autonomía estratégica. Egipto continúa recibiendo apoyo militar estadounidense y, paralelamente, profundiza su relación con China.
Para China, la estabilidad regional tiene además un valor económico directo. La guerra con Irán y las tensiones en el estrecho de Ormuz amenazan rutas comerciales y energéticas fundamentales. Beijing puede ofrecer inversión, cooperación y canales diplomáticos sin asumir el mismo nivel de compromisos militares que Washington. Esa combinación le permite ampliar su influencia sin que los países de la región tengan que abandonar sus vínculos con Estados Unidos.
Para Washington, el desafío está en su capacidad de conservar influencia sobre las decisiones de sus socios. Cuando estos disponen de alternativas, amplían su capacidad de negociación y reducen los costos de depender de una sola potencia.
La diversificación tiene, sin embargo, un límite. Compartir el interés por reducir dependencias no significa compartir las mismas prioridades de seguridad. Arabia Saudita, Turquía, Pakistán y Egipto mantienen intereses distintos, y China tampoco comparte los objetivos estratégicos de Washington ni de sus socios regionales. La nueva arquitectura tendrá que demostrar que puede convertir una red de relaciones paralelas en mecanismos capaces de responder conjuntamente ante una crisis.
Medio Oriente no está abandonando a Estados Unidos; está dejando de depender exclusivamente de él. Washington seguirá siendo central para buena parte de la seguridad regional, pero tendrá que compartir espacio con potencias que ofrecen otras formas de cooperación y con gobiernos cada vez menos dispuestos a concentrar sus dependencias en un solo socio. La próxima arquitectura de seguridad de Medio Oriente se definirá, en buena medida, por esa capacidad de distribuir el poder sin perder capacidad de coordinación.
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