Fue un día que quien estaba entonces vivo difícilmente podrá olvidar y que aquellos que todavía no habían nacido a duras penas podrían alcanzar a imaginar. En un lapso de 15 minutos dos aviones de pasajeros se estrellaron contra las Torres Gemelas del World Trade Center, en Wall Street, distrito financiero de Nueva York, en lo que sólo después se entendió era un ataque coordinado para sembrar terror en la ciudad principal de la entonces superpotencia única.
Las imágenes que siguieron fueron inéditas y sobrecogedoras; una enorme humareda se cernía sobre los cielos de Manhattan, mientras que decenas de personas que allí laboraban optaron por arrojarse desde los grandes ventanales hacia el vacío en busca de un fin más rápido y menos terrible. El mundo observó en vivo cómo otro ataque se desarrollaba, al estrellarse un tercer avión contra El Pentágono, sede del Departamento de Defensa estadounidense en Arlington, Virginia, a las afueras de Washington, DC.
Un cuarto avión de pasajeros y que los terroristas aparentemente habían planeado estrellar, presumiblemente sobre el Capitolio, sede del Congreso norteamericano o la propia Casa Blanca, residencia del presidente de ese país, cayó sobre un descampado, ya bien precipitado a tierra por los propios pasajeros, que se habrían sublevado contra los terroristas, abortando con ello el ataque, o bien, derribado por la fuerza aérea estadounidense, que ya para entonces debía de estar alerta.
El propio mandatario George W. Bush fue conducido por el servicio secreto al avión presidencial, el Air Force One, y se le mantuvo por espacio de nueve horas errando sin rumbo fijo, volando sobre territorio estadounidense, en prevención de un atentado terrorista contra su persona.
Finalmente, en un desenlace aterrador presenciado en vivo por centenas de millones, las Torres se desplomaron, cubriendo de toneladas de escombros un radio considerable en torno a lo que habían sido los rascacielos más altos de esa ciudad. Al cabo de esa jornada trágica, contemplada globalmente quedó una fosa común donde cerca de 3 mil personas quedaron sepultadas y una inmensa tierra baldía, fúnebremente bautizada como zona cero, misma que tardaría años en volver a ver vida.
Sin hipérbole, ese día quedó grabado en la mente de multitudes como una efeméride sin parangón, acaso la más espectacular y dramática de nuestro siglo.
Mucha agua ha corrido desde entonces; la intervención estadounidense en Afganistán para deponer al talibán y la sucesiva y desastrosa intervención en Iraq; el teléfono inteligente; la llegada del primer afroamericano, Barack Obama, a la Presidencia de Estados Unidos; la crisis de la deuda soberana y la recesión subsecuente; la pandemia global de Covid-19 y el advenimiento de la llamada inteligencia artificial.
Aquello no solo reconfiguró la seguridad global mediante la vigilancia masiva y la restricción permanente de libertades bajo el pretexto de la lucha antiterrorista, sino que transformó el tablero geopolítico mundial: el mundo unipolar de aquel septiembre de 2001 dio paso, un cuarto de siglo después, a un orden profundamente fragmentado y multipolar.
Todo ello hace que aquellos acontecimientos luzcan ahora tan remotos en la memoria colectiva como la llegada del hombre a la luna, la caída del Muro de Berlín y la desaparición de la Unión Soviética, al tiempo que dan cuenta de lo vertiginosa e incierta que se ha tornado nuestra existencia colectiva.
Recomendar Nota
