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DISCUSIÓN: Nueva era, nuevos desafíos. Una reflexión general sobre el 81° periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas

La 81.ª Semana de Alto Nivel de la ONU ha servido como termómetro del estado del multilateralismo: una organización que cuestiona su propia eficacia frente a conflictos globales no resueltos (Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar), desigualdad, deuda y cambio climático, pero que sigue siendo el único espacio donde casi 200 países pueden dialogar y construir consensos. Hay dos grandes desafíos: la reforma pendiente del Consejo de Seguridad —cuya composición refleja el mundo de 1945 — y la irrupción de la inteligencia artificial. La conclusión es, sin embargo, alentadora: la pregunta ya no es si necesitamos multilateralismo, sino qué tipo necesitamos: uno capaz de transformar sus instituciones para que voz y voto se traduzcan en capacidad real de decisión y resultados para quienes sirven.

Samantha Garrido Castillo

El pasado 8 de septiembre comenzó el 81° periodo de sesiones de la Asamblea General de Naciones Unidas (AGONU). En un escenario marcado por preguntas difíciles —¿cómo podemos encontrar una solución definitiva a los diversos conflictos armados internacionales?, ¿cómo deberíamos lidiar con la desigualdad y la inequidad de recursos?, ¿qué hacer para mitigar o desacelerar el cambio climático?, ¿cuál es el futuro de la inteligencia artificial y su influencia en la sociedad?—, los líderes mundiales volvieron a darse cita en Nueva York para participar en el debate general celebrado del 22 al 28 de septiembre bajo la presidencia de Khalilur Rahman, de Bangladesh.El tema elegido para la ocasión fue”Restoring trust, managing transformation: A United Nations that delivers for all”. Justo este lema reconoce dos desafíos centrales de la organización: una confianza que necesita ser recuperada y una transformación que necesita ser gestionada.

Uno de los principales puntos de la agenda era “recuperar la confianza”, como si ésta fuese la moneda de cambio principal para una de las instituciones que ha forjado el mundo contemporáneo. En medio de conflictos prolongados, crecientes tensiones políticas, desigualdad, cambio climático y una transformación tecnológica nunca antes vista, las instituciones internacionales creadas hace más de ocho décadas se enfrentan a la nueva disyuntiva de demostrar si son capaces de hacer que el multilateralismo siga siendo relevante o si deben mutar y transformarse para originar nuevas formas de interacción que sean más eficaces. 

Tal como sucede en la semana de la moda de París, en la que el mundo vuelca sus ojos para conocer las tendencias más destacadas y arriesgadas para la nueva temporada, la Semana de Alto Nivel de la AGONU demostró estar a la altura de lo esperado. Y es que vimos todo un despliegue de habilidades de storytelling, speech writing, tácticas diplomáticas y, en algunos casos, verdaderas cátedras de política exterior… pero todas ellas se centraron en una gran preocupación que continuó apareciendo en las intervenciones de las 194 delegaciones, según lo señaló el presidente de la AGONU en su discurso de cierre. 

Las preocupaciones fueron mucho más amplias: desde Gaza, Ucrania, Sudán y Myanmar, hasta cambio climático, derechos humanos, deuda, desarrollo, reformas institucionales e inteligencia artificial. En varios de estos casos se trata de problemas que la Organización de las Naciones Unidas (ONU) reconoce prácticamente desde su nacimiento; no obstante, otros comienzan a ocupar un lugar central en su agenda —un lugar que no pretenden abandonar en el futuro cercano. Esta diversidad de temas permite observar una paradoja del multilateralismo contemporáneo: al mismo tiempo que cuestionamos su capacidad para producir resultados, los desafíos que enfrentamos hacen cada vez más difícil imaginar un mundo capaz de prescindir de él.

La cuestión de la representación, la infinita pregunta sin respuesta

Un tema recurrente en la Semana de Alto Nivel fue el de la necesidad imperativa de reformar la ONU. Como cada año, se repitió y analizó desde distintas ópticas la reforma del Consejo de Seguridad (CSONU). Y tal como lo mencionó Rahman : “La reforma no consiste en reorganizar estructuras ni en reducir presupuestos. Su medida radica en si esta Organización ofrece mejores resultados, con mayor rapidez y mayor equidad, a las personas a las que sirve”.

Hoy en día, la distribución de los miembros permanentes del CSONU es el reflejo perfecto de la configuración de poder establecida al término de la Segunda Guerra Mundial. No obstante, 80 años después, es necesario reconocer que ese mundo ha cambiado profundamente y que la composición permanente del órgano encargado del mantenimiento de la paz y la seguridad internacionales se debe reinventar para estar a la altura de los retos contemporáneos. 

El hecho de que un continente tan vasto como África siga sin contar con representación permanente es una “injusticia persistente” que ya no se puede ignorar, tal y como lo mencionó  Rahman. El propio secretario general, António Guterres, calificó de injusta e indefendible esa ausencia. Y es que no se trata meramente de un desbalance geográfico, sino que toca de manera directa la legitimidad de un sistema que reconoce la igualdad soberana de sus Estados Miembros en la AGONU, pero reserva capacidades extraordinarias de decisión —incluido el veto— a cinco miembros permanentes del CSONU. 

El proceso para elegir al próximo secretario general ilustra muy bien esta tensión. El artículo 97 de la Carta establece que es nombrado por la AGONU a recomendación del CSONU. Hoy en día, son los 15 miembros del Consejo quienes realizan el primer filtro decisivo antes de que alguna candidatura llegue a la Asamblea.

Mientras se escriben estas líneas, parece que el futuro de la Secretaría General podría quedar a cargo de un país latinoamericano y de la primera mujer en la historia de la ONU, aunque nunca se sabe con certeza. La costarricense Rebeca Grynspan encabeza por corto margen el proceso informal. En la quinta votación indicativa celebrada el pasado 7 de octubre, obtuvo nueve votos de encourage y seis de discourage, aunque el resultado permanece abierto y nuevas rondas serán necesarias para alcanzar un acuerdo . Y si bien éste sería un hecho sin precedentes, la naturaleza del propio procedimiento nos recuerda que una mayor diversidad de candidaturas no equivale necesariamente a una redistribución de las estructuras de decisión.

La crisis del multilateralismo

Las crisis en Gaza, Ucrania, Sudán, Myanmar y otros conflictos, han llevado al mundo a cuestionar la validez de las instituciones internacionales. ¿Realmente el mutilateralismo continúa teniendo validez o es sólo una bonita forma de nombrar al sistema internacional? La realidad es que, ante la falta de protección a civiles, el difícil acceso humanitario y las dificultades para alcanzar soluciones pacíficas basadas en el derecho internacional, cada vez es más palpable la distancia entre los compromisos neoyorquinos y la realidad de su ejecución. 

Empero, la ONU sigue siendo el espacio por excelencia en el que los países pueden sentarse a negociar e intercambiar posturas, tanto a nivel multilateral como bilateral. Es el espacio idóneo para que jefes de Estado y Gobierno, ministros y tomadores de decisiones interactúen en un mismo lugar y logren crear consensos. En un mundo regido por la diplomacia, sabemos que siempre es mejor construir un puente y establecer un punto de diálogo antes de recurrir a las armas como medida de cambio. 

¿Entonces qué deberíamos esperar realmente del multilateralismo? En primer lugar, es preciso entender que la existencia de un espacio de diálogo no constituye de facto la capacidad de producir resultados. En segundo, una reforma al sistema no se puede medir sólo en presupuestos o estructuras, sino en la capacidad de producir mejores resultados, con mayor rapidez y equidad. Y en tercer lugar, ninguna reforma tendrá sentido si la acción colectiva no tiene efectos reales para las personas a las que pretende servir.

Problemas nuevos para instituciones antiguas

Si la reforma del Consejo de Seguridad representa uno de los grandes problemas institucionales heredados del siglo XX, la inteligencia artificial (IA) reviste quizá el desafío emergente más evidente del siglo XXI. Y es que esta transformación no es meramente tecnológica: conlleva todo un planteamiento sobre la distribución y balance de poder. ¿Quién  tiene en realidad poder sobre ella? ¿Deberíamos regularla y hasta qué punto? ¿Cómo evitamos replicar desigualdades estructurales? Si sólo algunos países tienen la capacidad tecnológica y financiera para desarrollar la IA, ¿quién debería establecer las reglas de juego? 

La rapidez con la que éstas y otras interrogantes han llegado al centro de la agenda multilateral resulta extraordinaria. Apenas hace cuatro años, sólo cinco delegaciones mencionaron la IA desde la tribuna de la AGONU. Este 2026, fueron 128 delegaciones, más que las que abordaron temas sobre derechos humanos o el cambio climático . 

Y sí: la comunidad internacional ya ha comenzado a construir mecanismos para regular en la materia, prueba de ello es la resolución A/RES/79/325 que estableció el Diálogo Mundial sobre la Gobernanza de la Inteligencia Artificial, concebido como un espacio en el que todos los Estados puedan participar en la conversación sobre las reglas internacionales de la IA. Su primera sesión se celebró en Ginebra en julio de 2026 y la siguiente está prevista para mayo de 2027 en Nueva York . Pero esto no basta. Si cuando se trazaron las fronteras del mapa político global moderno el mundo se tomó su tiempo entre convenciones, principios jurídicos, arbitrajes y conferencias, la realidad es que el mapa del poder mundial actual está cambiando mucho más rápido que las instituciones creadas para gobernarlo. 

Guterres situó precisamente la cuestión del poder en el centro de su última intervención como secretario general ante la asamblea. Según su diagnóstico, estamos presenciando el surgimiento de nuevos centros estatales de influencia, la transferencia de capacidades de los gobiernos hacia corporaciones e individuos privados, y el creciente papel de la IA y los sistemas autónomos en decisiones antes reservadas a los seres humanos .

Y si bien la IA es uno de los grandes retos, claramente no es el único. Las nuevas tecnologías no llegan a un terreno neutral, sino a un sistema internacional que todavía no ha resuelto muchas de sus desigualdades anteriores. Durante la Semana de Alto Nivel, las cargas de deuda, el reducido espacio fiscal, la vulnerabilidad climática y la falta de representación suficiente en las instituciones económicas internacionales volvieron a aparecer en las intervenciones; todo ello en medio de unos Objetivos de Desarrollo Sostenible que no avanzan al ritmo previsto . 

Reformar y renacer

Puede ser que aquí radique la gran contradicción de nuestro tiempo: que mientras cuestionamos la eficacia de las instituciones internacionales, los problemas que intentamos resolver desde casa son cada vez menos nacionales. Porque se nos ha demostrado que una guerra altera precios, cadenas de suministro o movimientos migratorios a miles de kilómetros de distancia; que el cambio climático no reconoce fronteras; que una pandemia es capaz de paralizar al mundo entero y que la transformación digital ocurre simultáneamente en sociedades con profundas desigualdades. 

Cuestionar la eficacia del multilateralismo no necesariamente nos hace pensar que podemos prescindir de él… puede llevarnos a la conclusión contraria. Al enfrentar problemas crecientemente interdependientes, necesitamos construir espacios que privilegien el diálogo, nos ayuden a construir reglas comunes y den voz a los Estados que por sí mismos tendrían menor capacidad para influir en decisiones globales. Nuestro reto es evitar que esos espacios se conviertan en meros escaparates de moda y popularidad en donde cada año discutamos los mismos problemas sin resolverlos en realidad. 

Es aquí en donde los problemas del siglo XX se conjugan con los del XXI: entre la deuda institucional heredada que es la reforma del CSONU y las múltiples visiones sobre la gobernanza de la IA. En ambos casos hemos de preguntarnos: ¿quién toma las decisiones que al final del día nos terminarán afectando a todos? Porque mientras seguimos intentando resolver problemas que hemos arrastrado durante ocho décadas, nos enfrentamos a nuevos espacios que nos obligan a evitar reproducirlos.

Por consiguiente, el creciente protagonismo de países que tradicionalmente han tenido menor capacidad para cambiar las reglas del juego se vuelve importantísimo. La posibilidad de que una mujer latinoamericana ostente el cargo de secretaria general tiene un valor simbólico sin precedentes. Pero al final del día, el verdadero cambio dependerá de un hecho mucho más profundo: porque la voz y el voto no valen mucho si no se tiene capacidad real de decisión. Si logramos que esas decisiones busquen el bienestar y se traduzcan en resultados, entonces habremos ganado. 

¿Entonces funciona todavía el multilateralismo?

No es casualidad que el lema central del periodo 81° de sesiones de la AGONU hablara de “restablecer la confianza”; pero hoy sabemos que la única manera es ganarla a través de la coherencia entre palabras y acciones, la aplicación igualitaria del derecho internacional, el cumplimiento de compromisos, la representación genuina, la transparencia, la rendición de cuentas y la entrega de resultados.

Y sí: quizás este periodo de sesiones no nos permita determinar si el multilateralismo funciona o no. Pero sí nos ha mostrado una organización que enfrenta infinitas tensiones y que arrastra grandes contradicciones históricas mientras intenta construir respuestas a un mundo que ni siquiera se concebía cuando fue creada, pero que también tiene a casi todos sus Estados Miembros regresando, una vez más, a una misma mesa para discutirlas.

Tal vez, sólo tal vez, la pregunta real no sea si todavía necesitamos al multilateralismo, sino qué tipo de multilateralismo necesitamos para el mundo que estamos construyendo.  Porque defenderlo no significa mantener intactas las instituciones que heredamos, puede significar, más bien, transformarlas para preservar aquello para lo que fueron creadas. 

El balance de poder está cambiando, eso es un hecho. Ahora sólo queda averiguar si las instituciones creadas para gobernarlo serán capaces de cambiar con él.

*Samantha Garrido Castillo.

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