Luis Mendoza Vega
Comienzo con una petición: que alguna editorial reedite Por el lado salvaje. Publicada en 2011, se trata de la única novela, hasta el momento, de Nadia Villafuerte, a quien algunos ―yo entre ellos― hemos conocido gracias a fotocopias y otros medios alternativos de circulación. Sus libros de relatos, Barcos en Houston y ¿Te gusta el látex, cielo?, se encuentran en algunas páginas de Internet, listos para su descarga.
La obra aborda la vida de una adolescente, Lía, originaria de Paredón, Chiapas, que un buen día escapa hacia Centroamérica con la ayuda de una travesti. En La Ceiba, Honduras, se enfrasca en una relación turbulenta con un fotógrafo italiano quien, viejo y enfermo, decide enviarla a la frontera norte de México con pruebas de crímenes del ejército somocista con ayuda del gobierno de Estados Unidos. Estas imágenes de cuerpos torturados serán vendidas a universidades norteamericanas como archivo “para explicar la historia y sustituirla”, menciona uno de los personajes. Sin embargo, una serie de percances lleva a Lía a ser detenida por agentes de migración y provoca el extravío de los documentos.
La obra, además de representar la violencia física, psicológica y sexual que viven los migrantes centroamericanos en su paso por este país, evidencia algo más: cómo se construye la memoria histórica, esa otra forma de la ficción. Los episodios vinculados con la violencia migratoria remiten a un periodo anterior a los atentados terroristas del 11 de septiembre de 2001, mientras que, en el momento de su escritura, la novela dialoga con las nuevas formas de control fronterizo durante la administración de Barack Obama. Esta reflexión sobre las tensiones geopolíticas anteriores y posteriores al inicio del siglo XXI insiste en los silencios, las omisiones y los desplazamientos producidos por las intervenciones estadounidenses, sus víctimas y, después, sus mecanismos de representación gráfica. La venta de las fotografías como archivo evidencia que los cuerpos adquieren valor para las instituciones culturales en la medida en que sirven como recordatorio de una excepcionalidad marginal casi estética.
Las fábulas sedantes que nos sirven para moralizar lo esperpéntico de esta leyenda sofisticada que suele ser la historia. Las que registran que una guerra puede ser también aburridísima. Y también las que insisten en la idea de que el odio es lo único que nos mantiene con vida, aquello que crispa el paisaje. Si uno fuera retardado, diría que casi podríamos admirarlas: dan la impresión de que los verdugos saldrán de un momento a otro, de que huirán otra vez aunque nosotros estemos viéndolos desde tan cerca.
La relevancia de esta novela radica en que, frente al fenómeno editorial que vivió la llamada literatura del norte durante la primera década de este siglo, Nadia apuntó hacia otra geografía que, es verdad, inevitablemente volvía los ojos hacia el problema de la migración y de las fronteras, pero que tenía algo más que decir sobre “el sur, esa palabra minúscula, monosilábica”, pero también de “un error y horror histórico” profundo, como dice otro de sus protagonistas.
Desde Barcos en Houston, que vio la luz en 2005, están presentes la atmósfera sofocante del Pacífico, la vileza económica de la región, la clandestinidad y los cuerpos al borde todo el tiempo, no sólo de la geografía ―ríos, selva, pueblos―, sino también de ellos mismos: hombres, mujeres, adolescentes, transgéneros. La propia escritura da cuenta de una inestabilidad de voces y tiempos: secuencias que destruyen cualquier linealidad temporal, idiosincrática e incluso moral. Luego, en ¿Te gusta el látex, cielo?, de 2008, recupera personajes para explorar diversas latitudes que den cuenta de los escenarios más cruentos de la globalización. Estos dos libros de relatos me parecen laboratorios, ejercicios previos para lo que será su reflexión más acabada: Por el lado salvaje.
Una novela que experimenta sobre sí misma el desplazamiento y hace de la memoria un territorio inestable, donde el archivo, antes que preservar el pasado, lo transforma, presentando así una pregunta urgente: quién tiene el poder de contar la historia de este continente, sacrificando qué.
*Luis Mendoza Vega. Poeta y crítico literario. Miembro y colaborador de Criticismo y secretario de Péndola. Redes y Revistas. Autor de la plaquette Pájaro de sal (2026, Crisálida Ediciones).
@eromenopatroclo
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