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El Mundial bajo la sombra de la guerra

El jueves empieza el Mundial. Debería ser la semana de los estadios, los himnos y la ilusión de que el futbol suspende, por unas horas, la pesadez del mundo. Pero el torneo arranca con una variable ajena al guion sentimental de los aficionados: Irán acaba de lanzar misiles contra Israel y Estados Unidos —uno de los países anfitriones— está metido de lleno en la confrontación con Teherán.

Conviene ordenar las piezas. La primera es que esta crisis militar no ocurre en el vacío, sino a días de que millones viajen por Norteamérica, las cámaras apunten a México, Estados Unidos y Canadá, y la selección iraní deba jugar en territorio estadounidense mientras se hospeda en un país con fuertes problemas de seguridad.

La segunda: Israel atacó los suburbios del sur de Beirut, vinculados con el grupo terrorista Hezbolá. Irán había advertido que respondería y el domingo lanzó misiles; se activaron las defensas aéreas y sonaron las sirenas en el norte de Israel. El patrón sugiere una represalia calculada: lo bastante fuerte para mandar un mensaje, no diseñada para abrir una guerra total. Irán quiere mostrar que puede golpear; Israel, que no será disuadido; Estados Unidos, evitar que el incendio regional se meta en casa al arrancar el mayor evento deportivo del planeta.

La tercera pieza es el Mundial que altera los incentivos. Funciona como freno porque a Washington no le conviene aparecer incapaz de dar seguridad a selecciones y aficionados; a Israel, provocar una escalada que obligue a su aliado a cerrar filas en pleno arranque; a Irán, quedar como quien arruina la copa con su propio equipo bajo escrutinio. Pero también puede acelerarla y que cada incidente se vuelva global en minutos: una protesta frente al hotel iraní, un ciberataque, un dron cerca de un estadio o una falsa alarma pueden escalar a una crisis diplomática.

La confrontación involucra a cinco países con posiciones muy distintas. Irán es a la vez actor militar y selección, su equipo está en Tijuana y jugará en Estados Unidos bajo condiciones excepcionales. Estados Unidos es potencia implicada y anfitrión central que debe garantizar visas, estadios, aeropuertos y el control político del evento. Israel es el blanco y el centro militar de la crisis, no participa en el Mundial. Jordania aparece como corredor geográfico de la escalada —con reportes de intercepciones sobre Amán— y como debutante mundialista. México no es beligerante, pero sí anfitrión y plataforma logística, pues Tijuana es la base provisional de Irán. La guerra no llegó al Mundial por la tabla de grupos, sino por la seguridad, la frontera, las visas y el espacio aéreo.

Tijuana convierte la crisis en algo más que una guerra lejana. Allí confluyen la selección iraní, la frontera más vigilada del continente, las redes criminales de paso y la acusación estadounidense del narcoterrorismo. No hacen falta conspiraciones; basta juntar las piezas.

Se perfilan cuatro escenarios. La contención, el intercambio calibrado, la regionalización o, el más peligroso, un golpe con numerosas víctimas civiles —en Medio Oriente o en alguna sede mundialista— que vuelva inevitable una respuesta mucho más dura.

Para México la lección es clara. El Mundial ya no es solo futbol sino seguridad, diplomacia, inteligencia, frontera y comunicación política. El país anfitrión no puede limitarse a organizar partidos, debe leer riesgos, anticipar narrativas y entender que un gesto menor puede tener consecuencias enormes.

La pregunta no es si habrá futbol —lo habrá—, sino si los gobiernos impedirán que la guerra use al Mundial como escenario. Porque esta vez, mientras rueda el balón, también se moverán misiles, servicios de inteligencia y cálculos de poder.

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