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Venezuela, laboratorio minero del nuevo orden criminal

La muerte de Héctor Guerrero Flores, El Niño Guerrero, no se entiende del todo si solo se lee como el desenlace de un capo. El jefe del "Tren de Aragua" cayó el 12 de junio en un ataque del Comando Sur coordinado con Caracas, y la noticia circuló por las rutas de análisis esperables: un prófugo con cinco millones de recompensa, una banda nacida en la cárcel de Tocorón, el bombardeo de Trump. Pero lo importante está menos en quién murió, que dónde lo encontraron: Las Claritas, en el sur de Bolívar, en plena zona minera. Esa coordenada es el foco noticioso. Venezuela se ha vuelto el lugar donde se observa, antes que en ningún otro, la mutación del crimen organizado regional que ya no vive solo de la droga, la extorsión o la trata, sino que empieza a disputar el subsuelo.

El Arco Minero del Orinoco no es una periferia perdida en la selva. Creado en 2016, ocupa unos 111 mil 843 kilómetros cuadrados —12.2% del país, más que toda Guatemala— sobre yacimientos de oro, diamantes, bauxita y coltán. Nació como promesa de diversificación cuando la renta petrolera se desplomaba; funcionó como una amnistía territorial. En ese vacío de soberanía se acomodaron, unos sobre otros, empresas estatales, mandos militares, sindicatos mineros, guerrilla colombiana, bandas locales y redes de lavado que no usan pasaporte.

Lo sintomático en Venezuela es que aún no se ha vestido con el vocabulario amable de la transición energética. No habla todavía de "minerales críticos" ni de cadenas responsables. Ofrece la versión sin maquillaje: el cruce entre el oro que financia estructuras armadas, el coltán que se enchufa a la industria tecnológica y unas tierras raras que anticipan la próxima fiebre. Lo que hoy se condena como minería criminal puede ser mañana abastecimiento estratégico para baterías, defensa o inteligencia artificial. Así, el delito y el insumo comparten yacimiento.

La escala se mide en rutas. Una investigación de OCCRP e IrpiMedia documentó que en la década pasada salieron de Curazao más de 110 toneladas de oro —unos 4 mil 500 millones de dólares— desde una isla que no tiene una sola mina y está a 70 kilómetros de la costa venezolana. El metal cruza el Caribe, pierde su origen en una zona franca, se refina en el norte y reaparece como mercancía impecable. Esa es la mecánica del saqueo contemporáneo: nace bajo fusil y termina dentro de cadenas corporativas que prometen trazabilidad.

De esta forma, la violencia no acompaña al negocio; también, lo ordena. Naciones Unidas ha registrado trabajo forzado, trata sexual, desapariciones y asesinatos en los campamentos; Human Rights Watch, ejecuciones sumarias y trabajo infantil. En Las Claritas, uno de los corazones de la minería aurífera ilegal, Reuters describió hace pocos días explosiones, disparos y despliegue militar. Ese despliegue no llega a un territorio vacío sino cuando el Estado quiere recuperar un subsuelo que tenía dueños armados.

De ahí la pregunta de fondo es qué deja la operación contra El Niño Guerrero. ¿Fue antiterrorismo, combate al crimen o una limpieza del terreno para reordenar quién manda en la mina? Lo más probable es que sea las tres cosas a la vez. El "Tren de Aragua" entendió antes que muchos que controlar personas, cárceles, fronteras, rutas y vetas pertenece a la misma economía de la coacción; reducirlo a una exportadora de violencia migratoria fue, siempre, un error de óptica.

La lección excede a Venezuela. El siglo XVI tuvo a Potosí; el XXI tendrá sus enclaves de minerales críticos. La diferencia es el disfraz: la servidumbre ya no llega con cédula real, sino con un contrato de seguridad, una empresa pantalla y un dron.

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