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Elecciones en Suecia: ¿la nueva hoja de ruta electoral para la izquierda en Europa?

Suecia acaba de demostrar que la inmigración puede incidir decisivamente en el resultado de una elección. En las elecciones parlamentarias del 13 de septiembre, el bloque de centroizquierda ganó por una diferencia de apenas 50,000 votos y tres escaños, 176 frente a 173 en el Riksdag, el Parlamento sueco. La diferencia decisiva para la victoria de la izquierda estuvo en el voto de los distritos donde se concentra la población inmigrante. Por ejemplo, en Rinkeby, un suburbio de Estocolmo con una elevada población de origen extranjero y predominantemente musulmana, alrededor del 94% votó por el bloque de centroizquierda. Para entender por qué ese voto resultó decisivo, hay que mirar la transformación que Suecia ha experimentado durante la última década.

En 2015, Suecia recibió más de 162,000 solicitudes de asilo, cerca del 70% de ellas de ciudadanos de Siria, Afganistán e Irak, en el punto culminante de una de las políticas migratorias más abiertas de Europa.  La llegada masiva de inmigrantes puso bajo presión la vivienda, los servicios y las prestaciones sociales, mientras crecían las dificultades de integración, el malestar social, la preocupación por la radicalización islamista y la violencia vinculada al crimen organizado. Ante estas consecuencias, Suecia dio un giro y endureció su política migratoria.

El cambio también fue demográfico. Suecia tiene una población local envejecida con una tasa de natalidad muy baja, mientras la población de origen extranjero creció exponencialmente. En 2025, 28% de los habitantes tenían origen extranjero. El reemplazo demográfico todavía no se ha producido, pero la transformación ya es suficientemente profunda para alterar la composición del electorado. Cada nueva generación nacida en Suecia de familias de origen extranjero, sumada a la llegada de nuevos migrantes, amplía el peso político de comunidades que tienden a mantener preferencias electorales distintas de las de la población local.

Una población inmigrante cada vez mayor también significa un electorado cada vez mayor. Una parte importante de ese electorado favorece a los partidos de centroizquierda, más abiertos a la inmigración y al "multiculturalismo". En esta elección, ese voto, combinado con una derecha dividida, fue suficiente para inclinar el resultado por un margen mínimo.

La dimensión más delicada es la del islam político. En junio, el Gobierno sueco creó una investigación oficial sobre radicalización, islam político e infiltración en instituciones y en el funcionamiento democrático. El mandato incluye examinar estructuras paralelas e influencia indebida. La decisión confirma que para Suecia el debate ya no se limita a la inmigración, sino que alcanza también la influencia que determinadas corrientes pueden ejercer sobre las instituciones.

España puede estar siguiendo una ruta similar. Pedro Sánchez aprobó una regularización extraordinaria que podría beneficiar a unos 500,000 migrantes que ya viven en el país. El Gobierno la justifica por razones laborales y de integración. Mi lectura política es que, con el tiempo, regularizar a una nueva población también puede ampliar la base electoral del partido que impulsa la medida. En el Reino Unido, mientras tanto, la fragmentación del voto de derecha entre varias fuerzas puede favorecer a una izquierda más cohesionada y con mayor apoyo entre la población migrante. Suecia muestra cómo la inmigración, la demografía y la fragmentación política pueden terminar alterando el equilibrio del poder.

Suecia puede estar mostrando el futuro electoral de la izquierda europea. La inmigración transforma la demografía; la demografía, el electorado; y el electorado, el poder. Si esta dinámica se reproduce en otros países, sus consecuencias irán mucho más allá de una elección: estarán en juego la continuidad de sus identidades históricas, su cultura y los valores occidentales -que han definido a Europa.

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