Los requisitos constitucionales de nacionalidad mexicana por nacimiento, para ser electos a diversos cargos están vigentes en nuestra Constitución desde su versión original de 1917.
México no reconocía el concepto de doble nacionalidad. Si se adquiría otra nacionalidad se perdía la mexicana. La doble nacionalidad en nuestro sistema constitucional llegó a principios del siglo XXI reconociendo una necesidad social.
En 1917 la capacidad física de moverse de un país a otro era sustancialmente diferente que a finales de ese mismo siglo. La posibilidad de que personas de un país se conocieran con personas de otro era más remota que en la actualidad. Hoy en día una mujer australiana se puede casar con un hombre brasileño en Inglaterra y establecer su hogar en cualquier lugar del mundo; sus hijos podrían adquirir por lo menos 3 o 4 nacionalidades.
También hoy en día una mujer mexicana por naturalización puede ser el vientre donde se desarrolle el ovulo de una mujer nacida en Sudáfrica fecundado con el espermatozoide de un hombre alemán, naciendo ese ser humano en Francia.
¿Cuántas nacionalidades podría tener ese sujeto concebido? ¿Y en qué país podría acceder por elección a un cargo público?
Las nacionalidades, afortunadamente, cada vez son menos importantes. Porque su esencia no deja de ser una cuestión de distinción artificial entre los seres humanos. Poder ser ciudadano del mundo debería ser una aspiración de nuestra generación.
La Unión Europea esta siendo ejemplo del mayor esfuerzo en la materia. Por supuesto que enfrentan dificultades, a veces ideológicas y a veces reales, pero es un esfuerzo para aplaudir y aplicar en otras regiones.
Creer que nacer en un lugar o ser hijo de alguien nos hace más o menos patriotas es un acto de discriminación en sí mismo. Utilizar el nacionalismo como mecanismo de comunicación social ha demostrado ser la forma más indignante de comportamiento político.
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