La historia está repleta de herederos que descubren, con doloroso pasmo, que el apellido paterno es un pésimo pararrayos cuando Washington decide ajustar las tuercas. Ahí están los vástagos de Ricardo Martinelli, que pasaron de la vida del cabotaje político al amargo trago de la extradición por los enjuagues de Odebrecht. O Nicolás Petro, en Colombia, cuyo escándalo financiero obligó a su propio padre a la pirueta retórica de aclarar en cadena nacional que él "no lo había criado". En …
