Pablo Hiriart me escribió desde España. En su mensaje había algo más que una invitación: una forma de reencuentro. Me habló de comida, de periodismo, de memoria. De su hijo —un joven chef que no cocina por moda sino por instinto, y que digo yo si me permiten la predicción, está en camino a ser uno de los grandes—. Entre sus palabras se filtraron también recuerdos de mi padre, como si la conversación hubiera abierto un pasadizo entre generaciones. Me …
