Ningún otro deporte ha provocado jamás las eufóricas reacciones que, sobre todo en los campeonatos mundiales, suscita el futbol. Muchos aficionados rompen su rutina diaria para lanzarse al desmadre. La reunión de miles de personas en las plazas tocando cornetas y tambores, bailando, saltando, cantando, echando porras, manteando a quienes quieren ser lanzados al aire, es un espectáculo al que sólo da lugar el deporte al que el insustituible Ángel Fernández llamó el juego del hombre. Ningún antro podría ser …
