Existe una versión de la ciudadanía que el sistema tolera muy bien: la que aparece en las urnas, se indigna en redes y regresa a la vida privada sin mayor compromiso. Esa versión no amenaza al poder. Le sirve: participa lo suficiente para darle legitimidad al sistema, pero no lo suficiente para convertirse en contrapeso real. Hay al menos tres formas de relacionarse con la política. Está el ciudadano apático, que abandona el espacio público antes siquiera de disputarlo. Se …
