Gustavo Petro, el derrotado presidente de Colombia, vino a México y en la UNAM anticipó el fraude electoral contra Morena.
Lo recibió la presidenta. Les valió un cacahuate su propio discurso de la “injerencia extranjera”; padecen un nacionalismo selectivo: abren las puertas del Palacio Nacional a los truhanes de izquierda, otrora matarifes en la selva colombiana, para pretender darnos lecciones democráticas, y las cierran a sus adversarios. Algunos morenistas extrañaron a Andy López Beltrán en el Segundo Informe de Gobierno. ¿No están divididos?
En la Máxima Casa de Estudios, donde Petro ofreció una conferencia “magistral”, alertó contra “tecnofacismo” y el “algoritmo” que va a entrometerse en México contra Morena, como en su natal Colombia, con el reciente triunfo de Abelardo de la Espriella; pero olvidó convenientemente que su candidato vencido, Iván Cepeda, reconoció inmediatamente (sin ningún “tecnoreparo”) el resultado electoral, “como un acto de responsabilidad democrática”. Y añadió el delfín de Petro: “Lo hago porque creemos profundamente en la democracia y porque estamos convencidos de que las diferencias políticas deben resolverse mediante la participación ciudadana, y el respeto a las instituciones y la deliberación pública” (Milenio. Agencia Efe. 24.06.2026). De eso, Petro en la UNAM, ni media palabra. Atizó la polarización de los mediocres con las dos armas que tienen: el complot de la ultraderecha y el miedo. “México está en peligro”, añadió. ¿Del narco nada?
Advirtió, en entrevista posterior, que son los subordinados de Donald Trump los que meten esa cizaña cibernética. Dijo que Trump “ya no está del todo al mando”. Y se subió al tren de que al mundo lo gobierna un “hiperfascismo”, cerrando los ojos a China, Cuba y a Nicaragua, donde ya de plano ni elecciones formales hay. Y no cargó las tintas al narcotráfico, flagelo de ambos países, con gobernantes metidos hasta las manitas. ¿En Colombia también hubo abrazos sin balazos?
Petro debió platicar (con la sombra del senador Inzunza) cómo llegó a la Cámara de Diputados, sin “tecnoayudas”, ni algoritmos, Pablo Escobar en 1982, cuando el narcotraficante suplió al abogado Jairo Ortega, quien se enfrentó en un debate al ministro de Justicia, Rodrigo Lara Bonilla, acusándolo de corrupción. Lara Bonilla exhibió las actividades criminales en el periódico El Espectador y Escobar lo mandó asesinar. O también aquel episodio parlamentario donde se pretendían prohibir las extradiciones a Estados Unidos de los narcos. Le harán mucho bien a Morena. Petro tiene muchas historias que platicar, pero no de “tecnosumisión”, sino de “narcosumisión”.
Recomendar Nota
