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POESÍA: La lengua opaca

Valeria List


La impresión compartida por algunos no lectores de poesía acerca de lo obtuso del género es acertada. Esta ambigüedad es una construcción cuidadosamente creada. Una de las más viejas maneras de la tradición hispánica de crear esta ocultación es el gongorismo. Velaba el poeta sus referencias, accesibles sólo al lector culto que las pudiera entrever, de modo que la lectura de Góngora se convierte en una cacería de mitos. 

En su clase, David Huerta tuvo a bien revelarnos que aquel “mentido robador de Europa” del segundo verso de Las Soledades era el mismísimo Zeus, al cual se describe en los dos versos consecutivos transformado en un toro para atraer a Europa. Conocemos ya la estrategia a seguir para descifrar al cordobés, al que, decía Huerta, había que aprender a leer como se aprende un idioma nuevo. Pero aunque se conozcan el método de leer cazando y el mito de Ovidio, existe la posibilidad de que un lector actual pase de largo las referencias en una lectura no habituada a buscar alusiones concretas en una sintaxis complicada. 

La escritura enrarecida ha sido procurada y transformada por la tradición hispanoamericana, que aún se vale de ella para torcer el discurso. En Góngora abundaba el hipérbaton, pero también es común encontrar en su escritura fragmentaciones gramaticales introducidas por encabalgamientos, un recurso que sigue vigente gracias a su violento potencial para quebrar el flujo rítmico. Desde que el castellano adoptó esta figura del latín, su uso, como muestra Antonio Quilis, ha sido controversial para la crítica. De la disputa acerca de si es propicio o perjudicial para el poema, se puede inferir —–como sinécdoque—– la discusión misma entre la claridad y la opacidad de la poesía. 

El encabalgamiento abrupto, que además de cortar el sentido de la frase de un verso a otro, rompe con la continuidad sintáctica, se vuelve especialmente irruptor cuando el sentido del discurso, además, cambia; cuando ya no sóolo rebana, sino que detiene el flujo del pensamiento del poema y lo desvía por completo: el discurso iba hacia un lugar y cambió de dirección. Es esto lo que ocurre en la escritura de la asturiana Olvido García Valdés, una heredera del cordobés que, ante la pregunta de qué libros le habría gustado firmar, afirmó “Trilce de Vallejo, Las Soledades de Góngora”, ambos poemarios que trabajan con la “opacidad al cauce significativo propio de la comunicación”, en palabras de la asturiana, a la que le entusiasma que ambas obras sean casi “inasimilables”. De César Vallejo, como lo dijo David Huerta sobre Góngora, García Valdés se pregunta si no hay “una especie de lengua nativa”, y de García Valdés, propondría yo, también. 

Su manera abrupta de encabalgar versos es una marca distintiva de su obra; estos trabajan para construir yuxtaposiciones, un tipo de estructura sintáctica a la que la poeta le da prevalencia sobre la emblemática metáfora —–alegoría, cuando estructura el poema–. La yuxtaposición es tan marginal, que ni siquiera aparece como una figura retórica en los manuales (ni en el de Helena Beristáin, ni en el de Antonio Azaustre y Juan Casas). Ésta da paso a adyacencias temáticas súbitas, sin nexos, de modo que altera drásticamente la coherencia discursiva.  Al igual que el encabalgamiento, interrumpe un flujo y, en su caso, siempre revira hacia otro escenario distinto del que veníamos leyendo. Pese a que también poetas como T.S. Eliot y Ezra Pound la utilizaron, es posible que García Valdés la haya heredado más bien del cine y la pintura (esta última, su gran afición), que de la tradición escrita, aunque su forma de usarla mantiene similitudes con la de Eliot: la intercalación de diálogos, la vuelta cíclica al tema inicial, el extravío de la voz poética. 

En los cultismos, encabalgamientos y en la yuxtaposición, se atisba que la falta de claridad en ciertas obras poéticas es calculada y aprendida; no un mero efecto, sino un modo de desarticular un discurso, de propulsarlo más allá del sentido lineal, y de darle prevalencia a la muy valiosa duda. La lectura del poema incomprensible no necesariamente se debe trasladar, como comúnmente se contesta a quienes se quejan de él, al lugar del sentimiento: “no lo tienes que entender, sino sentir”; más bien, se trata de sentarse con la incomprensión misma, de llevarnos a lugares de riesgo; de reacomodar el proceso de lectura y acercamiento al mundo.

*Valeria List. Su primer libro, La vida abierta, ganó el Premio de Poesía Joven de la UNAM. Escribió también Calgary (Sombrario, 2021) y Dos veces esto (Malabar,
2024). Compiló el Material de Lectura de María Enriqueta Camarillo para Vindictas: Poetas Latinoamericanas (UNAM, 2020). Ha sido becaria del FONCA Jóvenes Creadores en Poesía y de la T.S. Eliot Summer School. Realiza el doctorado en Literatura Latinoamericana en la UNAM.

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