Richard F. Chandler es un financiero de origen neozelandés que se mudó en 2006 a Singapur donde creó un grupo empresarial con intereses en el campo de la salud, la aviación y por supuesto los fondos de inversión. Aunque no es muy conocido a nivel internacional y en comparaciones su patrimonio es modesto –“solo” 3 mil millones de dólares- se le ocurrió crear el Chandler Institute of Governance, un think tank non profit dedicado a medir y fomentar buenas prácticas de gobernanza pública mediante dos principios sencillos: hay que trabajar más en los “cómo” y menos en los “qué”, y hay que privilegiar la Constitución, las leyes, las instituciones y el servicio civil como precondición de fortaleza para cualquier país. Nada más.
En 2021 lanzó el Índice de Buen Gobierno (IBG), considerado el más completo en su tipo, que evalúa las capacidades y la efectividad de 133 gobiernos en todo el mundo basándose en 35 indicadores agrupados en siete pilares que van desde liderazgo, Estado de derecho, instituciones fuertes, gestión financiera, mercado atractivo, reputación global y capacidad para impulsar la movilidad ascendente de las personas.
Como ya es costumbre en otros índices y rankings globales, la edición 2026 del IBG coloca en el primer sitio del top 10 a Singapur, una “democracia defectuosa” según el Democracy Index de The Economist, pero que es el país mejor gobernado; luego aparecen los nórdicos, Suiza, Alemania, Países Bajos, Emiratos Árabes Unidos y Luxemburgo, entre otros.
México, para variar, alcanza una puntuación global muy mediocre de 0.465, donde 0 es la calificación más baja y 1 la mejor, y salió en el lugar número 77 sobre 133 países, una posición más vergonzosa que Jamaica, Uzbekistán, Botswana, Perú o Colombia, entre otros, y lejos de Uruguay (36), Chile (44) y Costa Rica (53), los mejor situados relativamente en América Latina. De las siete categorías mencionadas, la única donde mejor pinta México es en “reputación global” (50), y los resultados más pobres, merecidamente, en “Estado de derecho” (110), “ética” pública (112), “liderazgo” (120) y “seguridad personal” (126).
El IBG destaca que hay tres países latinoamericanos entre las 10 naciones más afectadas por la violencia y México clasifica como el “país sin guerra más peligroso del mundo”, con niveles de violencia comparables a los de algunos lugares donde existen conflictos armados reconocidos.
La presidenta, su gobierno, los morenistas y sus taquígrafos mediáticos suelen estar a la defensiva -desde sus odios, amarguras y temores acostumbrados- y descalificar informes como este (si se enteran de su existencia), pero cuando sus hallazgos son similares a cualquiera de los otros que se publican cada año (sobre Estado de derecho, corrupción, competitividad, etc.) la conclusión es una sola, por más matices, justificaciones y pretextos que esgriman: desde una perspectiva sistémica y estructural, México atraviesa por el peor momento desde hace seis décadas y el gobierno no entiende ni puede ni sabe cómo salir del agujero.
Ante esa impotencia, como buenos autócratas reaccionan con el típico negacionismo biológico: hagamos a un lado normas, instituciones y libertades, de las cuales, como decía Mussolini, “los hombres están cansados”, y, por tanto, impongamos solo las nuestras.
Y en esas estamos. Peor, imposible.
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