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Confirmado: adictos al engaño y la traición

Escindidos. Lo que ha salido a la luz de entre los enredos del oficialismo es un síndrome de adicciones en el personal político del régimen. Para quien aquí les escribe, fue también una semana de relecturas de revaloración de John Le Carré. Ahora, no sólo como el gran autor de novelas de espías, sino como un incómodo revelador de las pulsiones de la conducta, a partir del análisis y la introspección de los dilemas de los agentes secretos. Ellos llevan por definición una existencia escindida entre su discurso y comportamiento públicos, y su rol en las sombras. Algo así como la ‘narrativa’ de los funcionarios y políticos del régimen, que pregonan en público su superioridad moral, y enseguida trasiegan en los bajos fondos del crimen organizado.

Adicciones.  De Kim Philby, un jefe del espionaje británico que sirvió, al mismo tiempo por 30 años, al espionaje de la Unión Soviética, Le Carré construyó el personaje de El topo. Un presumido egresado de Cambridge, con alto estatus social, incorporado al ‘servicio’, cuya adicción al engaño, sugiere Le Carré, lo lleva envolver su deserción en motivaciones ideológicas. Pero, concluye el escritor, Kim Philby -Bill Haydon, en la novela- era un adicto a la traición, que cuando no jugaba para dos enemigos a la vez, sentía una gran soledad, sí, como el síndrome de abstinencia de los drogadictos.

Provecho. Relecturas alucinantes, en paralelo, en tiempo real, al desfile de la semana de un agente del FBI que recluta como ‘topo’ a la gobernadora de BC, quien acusa de traición a su antecesor por divulgar la grabación correspondiente. Más el “apetito insaciable del engaño”, como concluye Carlos Loret su relación de mentiras y contradicciones oficiales sobre el piloto que se llevó al Mayo Zambada. Lean o relean a Le Carré este fin de semana. Provecho.

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