De cuantos vocablos pudo haber echado mano la señora presidenta para publicitar su Segundo Informe, vino a escoger dos que contrastan proverbialmente con la realidad de su gobierno: honestidad y resultados.
Comprendo que a su administración le urja –desesperadamente, a ratos– aparecer ante la opinión pública como libre de toda mácula, pero si hay algo que esté comprometido de forma ya irreparable en estos dos primeros años de su mandato, es precisamente todo lo relacionado con la limpieza y transparencia de su gestión.
Basta con ver que un gobernador de su movimiento, junto con otros funcionarios, más un senador, están siendo reclamados por el Departamento de Justicia de Estados Unidos, para entender que el gobierno federal –al ser el último en investigarlos y hacerlo a regañadientes y deficientemente, siempre con la lógica del encubrimiento, misma que ha permitido que la FGR no llame a declarar ni a testigos ni a víctimas– no puede jactarse de honestidad.
Si a eso le añadimos el largo listado de juniors (los hijos de su mentor, en primer lugar), senadores, diputados y miembros de su gabinete señalados por currupción, huachicol y ligas con el crimen organizado, también sin ser investigados, el argumento de la honestidad pasa de ser vergonzoso a brutalmente cínico.
Quien o quienes le aconsejaron a Sheinbaum volver sobre la trillada honestidad –que nunca fue tal y mucho menos “valiente”, como proclamaba su antecesor– están fomentando que mucha gente se acerque a la única conclusión posible ante un gobierno como el suyo: “Dime de qué presumes y te diré de qué careces”.
Otro tanto ocurre con sus resultados. Los mejores de estos fueron sacados con tirabuzón y los viene repitiendo incesantemente: la “gran” reinversión a la que insiste en llamarle inversión extranjera, aunque la presidenta sabe perfectamente que no son capitales frescos; el raquítico crecimiento de los últimos meses que compara, exitosamente por supuesto, con el crecimiento nulo de años anteriores; todo esto sin mencionar el incremento apabullante de la deuda pública en los siete años de humanismo morenista.
Un logro indiscutible, reconocido por todos: el aumento en los salarios mínimos que a su vez incide en la reducción de la pobreza. Nada qué objetar, salvo que representan un escenario de bienestar muy reducido si consideramos la informalidad que domina el panorama laboral del país. Impactan positivamente en la reducción de la pobreza, sí, pero no entre los todavía muchos marginados que no conocen un ingreso regular.
Como era de esperarse, Sheinbaum destacó su mayor éxito político-clientelar: los Programas del Bienestar, que “se sustentan en el humanismo mexicano, en una idea secilla pero poderosa: la riqueza de México debe traducirse en bienestar para su pueblo”. El asunto es que no estamos produciendo mucha riqueza que digamos, y la existente no se redistribuye como Sheinbaum cree; en sus gobierno humanistas los más ricos lo son aún más, está demostrado.
Aunque fueran ciertas las cifras oficiales sobre muertes violentas dadas a conocer –previo maquillaje en su contabilización– les queda siempre la sombra ominosa de los desaparecidos. Es el tema más siniestro de los gobiernos de la 4T, el que los hunde moralmente porque alude directamente y en gran medida a los vínculos y complicidades que han establecido con el crimen organizado.
Con tan cuestionada honestidad y tan cuestionables resultados, el gobierno de Sheinbaum enfrenta la presión inédita de EU con la fórmula de siempre: “…mientras yo tenga el honor de servir como presidenta de la República, defenderé con toda firmeza nuestra soberanía, nuestra dignidad y nuestra independencia”. Entendiendo por defensa de la soberanía, muy torcidamente, la protección a toda costa de AMLO, sus familiares y el círculo delincuencial de “humanistas” que conocemos.
Y no, no nos equivocamos, lo tenemos todos más claro que nunca: “aquí no hay divisiones, aquí no hay rompimientos…” El jefe es el jefe.
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