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Notas de nostalgia por la Copa del Mundo  

 El futbol es el único idioma que permite la comunicación horizontal, fluida y amistosa entre personas de distintas edades, credos religiosos, condición económica y origen geográfico.

Diría algún cursi, de los que abundan en estos días, que el futbol es el idioma de Dios.

Es, en todo caso, magia hecha realidad, si cabe la expresión. Al ver un gol de nuestro equipo en una final, la emoción nos transporta hasta las estrellas dando gritos de un desquiciado feliz.

Y anotar un gol ahora, en la cancha, la sensación es un vértigo que nos lleva en un viaje relámpago hacia la niñez, para decirlo en palabras que alguna vez le oí al poeta Luis Miguel Aguilar.

Por eso duele tanto que a la mayoría de la gente le quiten la posibilidad de ver al más universal de los deportes.

Que la FIFA lo quiera transformar en un juego elitista por lo caro de los boletos y los elevados costos de los derechos para las televisoras, que inventan plataformas de pago porque de no hacerlo tendrían pérdidas.

Pero la FIFA ha ido más allá. Es cómplice de la segregación, lo que contradice el espíritu de la Copa del Mundo y de haber ampliado la fase final a 48 selecciones nacionales. Extender la fiesta. Viva el futbol.

Al árbitro somalí Omar Artan le negaron la entrada a Estados Unidos, a pesar de que tenía visa, donde iba a pitar juegos mundialistas y la FIFA dejó pasar el atropello.

En las conferencias de prensa sólo está permitido el inglés.

A la selección de Irán, el gobierno de Estados Unidos le prohibió pernoctar en ese país, que es sede mundialista.

La FIFA hace mutis. Pero qué tal de bravos a la hora de prohibir que un propietario de palco ingrese comida o bebida al lugar que es suyo.

En qué manos cayó nuestro deporte. También es un negocio, sin duda ni objeción. Pero lo que estamos viendo es otra cosa, que degrada al futbol y privilegia el abuso.

“Lo que sé de ética lo aprendí en el futbol”, escribió Germán Martínez en La Aurora, parafraseando a Albert Camus.

También se aprende de emociones auténticas dentro y fuera de la cancha.

Como reportero de La Jornada me asignaron la tarea de hacer la crónica “de color” en algunos juegos del Mundial de 1986. En el vestuario de España vi al portero Andoni Zubizarreta, solo, de pie en una esquina, llorar sin aspavientos luego de la eliminación ante Bélgica, en penaltis, en el estadio Cuauhtémoc en Puebla. No paró ninguno.

Un miembro de la delegación española se aproximó y le dijo con cariño y con firmeza: “Ande mi niño, que usted es muy joven para llorar por esto”.

La primera vez que viajé a Europa, en abril de 1986, entré a un bar en Copenhague y la chica que despachaba cervezas en la barra me preguntó en un idioma que yo no conocía: “¿Qué tal es el Abuelo Cruz?”.

-Si Dinamarca se topa con México, el Abuelo los va a volver locos. Ustedes se acordarán de él y no de Laudrup-, le dije en español y estoy seguro de que me entendió.

En Finlandia, un colega de Helsingin Sanomat, que iría a México a cubrir los juegos de Dinamarca, me preguntó qué buen hotel le recomendaba en Ciudad Nezahualcóyotl.

Lo volví a encontrar afuera del estadio de Neza, donde se me acercaron varios niños con hojas de papel para pedirme un autógrafo. “No soy futbolista, sino reportero”, les dije. “No importa, fírmenos un autógrafo”.

El futbol une, acerca, y descuellan los grandes. Los dioses del estadio, diría Antonio Marimón. También los del micrófono.

Jorge Valdano, campeón con Argentina en el Azteca, recuerda que a él lo marcó en la final el defensa alemán Hans-Peter Briegel. Durísimo, fuerte.

El inolvidable Ángel Fernández dijo en una narración que Hans-Peter Briegel significaba, en alemán, Ferrocarriles Nacionales de Alemania.

“Tenía razón”, escribió Valdano hace algunas semanas.

Al finalizar el juego Francia (2)- Italia (0) en el Olímpico de CU, César Luís Menotti salió rápido del estadio y rechazó con descortesía hacer comentarios del partido. Iba de mal humor por un pleito con periodistas brasileños.

Mi compañero de periódico Rubén Álvarez siguió a Menotti por la explanada y recibió el mismo rechazo, pero le gritó: “¡Murió Jorge Luis Borges, ¿qué puede comentar sobre él?!”

Entonces Menotti volvió a ser El Flaco. Detuvo su marcha, dio media vuelta y caminó hacia el Negro Álvarez y le habló largo sobre el mayor de los poetas argentinos. Gran exclusiva.

Son recuerdos, nostalgias de los tiempos en que el Mundial era de todos.

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