Todo gobierno, por naturaleza, intenta poner buena cara frente a los ciudadanos. Dar malas noticias no está en el ADN de ningún gobierno democrático. La política premia el optimismo y la narrativa de control. El problema surge cuando la necesidad de transmitir tranquilidad deriva en algo más peligroso: negar la realidad. O peor aún, intentar sustituirla por propaganda. En los últimos días, varios acontecimientos en México han dejado claro que el gobierno insiste en construir una narrativa que cada día …
