Saboteadores y prototerroristas. Para la presidenta, los vándalos de la Coordinadora Nacional de Trabajadores de la Educación (CNTE) no son sus huestes magisteriales: son otros provocadores. Ni los camiones con explosivos provenientes de la normal de Ayotzinapa vienen de la normal de Ayotzinapa. Ni hay relación entre los saboteadores de la CNTE con los prototerroristas que venían de Ayotzinapa, pero de ninguna manera de la normal. Y tampoco el régimen colmó de poder y recursos a la CNTE ni usó, por años, en su favor, a las víctimas de la masacre de normalistas de Ayotzinapa en Iguala, ciertamente usados y sacrificados por los cárteles de la región, ligados a las autoridades surgidas del partido (y de la campaña) del entonces candidato López Obrador.
Relaciones peligrosas. Como criaturas del doctor Frankenstein, aparecen hoy en real o aparente rebelión contra su creador, o su reanimador y su reanimadora. La presidenta muestra ante ellas temor a llamarlas por su nombre y sus acciones. Prefiere atribuirles éstas a entes fantasmales, como la derecha nacional e internacional. Tienen años alimentando relaciones peligrosas que no se atreven a reconocer. Sí. Como los vínculos establecidos -y ahora negados- con las organizaciones criminales por políticos prominentes del régimen. Pero la presidenta no sólo insiste en exonerarlos, sino que además pretende condenar como traidores a la patria a quienes los denuncian. No lo son, como tampoco lo son los medios y las redes que registran realidades que el régimen se empeña en ocultar.
Damnificados. Los contingentes pacíficos que ahora se aglomeran en las inmediaciones del estadio Azteca constituyen apenas un muestrario de damnificados del régimen. Parecen dispuestos a mostrarle al mundo, entre otros estragos, la pérdida de vidas humanas, de trieras y poblados y de carreteras a manos de bandas impunes por sus ligas con personajes del poder.
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