Sin control de la capital. Aun antes de darse a conocer aprestos terroristas, se especulaba ayer sobre la posible cancelación por la FIFA del Fan Fest por la falta de control del régimen sobre el Zócalo. Eso dejaría a la presidenta sin espacio para hacerse presente tras su negativa a ir al estadio para eludir abucheos. Pero tampoco son casuales el retraso, la improvisación, la inconclusión del precario ejercicio cosmético para recibir en casa una parte del Mundial. Nunca fue esta una prioridad del régimen. Acaso un mal necesario, un compromiso ineludible. Pero sobre todo una carga que no le dejaría rendimientos electorales, lo único que entra en el cálculo es el poder. Además, era previsible el rechazo de la muchedumbre a su presencia en el estadio, y de allí la decisión presidencial de no asistir a la inauguración, este jueves, del evento futbolero.
Prueba insuperable. Pero tampoco se puede ocultar el sentimiento recíproco: el rechazo de la presidenta a someterse a la prueba (insuperable) del estadio. Pero hay un tema de fondo. Sheinbaum no se veía contenta con el mando de la FIFA, siendo que es: 1) un negocio, 2) privado y 3) transnacional: tres palabras malditas en los arrabales ideológicos del populismo radical, presentes desde el abecedario de la formación de la gobernante y su preceptor.
En entredicho. Ambos aprendieron, a marchas forzadas, a controlar pragmáticamente sus fobias al carácter imprescindible de los negocios privados y de la inversión transnacional. Y acaso la bendición de la derrama -por modesta que resulte- de ser sede parcial del espectáculo. Puede ser un alivio para una economía estancada, en buena parte, por la destrucción de las instituciones garantes de libertades y derechos: condiciones para el funcionamiento de una sociedad democrática de mercado, prevista (todavía) en nuestra Constitución democrático-liberal. Y condiciones también de una gobernabilidad ahora en entredicho.
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