Pocos derechos están sujetos a una tensión tan fuerte como la libertad de expresión. Con idéntica convicción la invocan tanto el funcionario desde una tribuna oficial, como el periodista amenazado por el poder político o fáctico. Cuando la misma libertad justifica la palabra de quien gobierna y protege a quien lo critica, algo se ha roto en su significado. Volvamos al origen. La libertad de expresión nunca se concibió como una prerrogativa del gobierno. Fue diseñada como un mecanismo de …
