A fines de enero quedé varado en San Antonio. Una tormenta invernal forzó cancelaciones de vuelos. Lo que siguió fue una demostración práctica de lo que ocurre cuando el mercado deja de disciplinar a quienes prestan un servicio público. Viva y Volaris cancelaron mi regreso a Ciudad de México (CDMX). Sus centros de atención telefónica ignoraron mis llamadas durante horas. Sus aplicaciones —que en tiempos normales empujan seguros y cargos adicionales— no ofrecieron una alternativa. La tecnología, que debería resolver …
