Cuando era niño no entendía por qué Aquiles era tan admirado, respetado y hasta imitado. Desde ahí empezó mi desconfianza hacia esos ídolos que para mí eran (y siguen siendo) de barro. Años después entendí (gracias, Irene Vallejo) que me caía (y me sigue cayendo) tan mal porque cuando pudo decidir entre una larga vida en paz o viajar a Troya para nunca regresar escogió lo segundo. El precio, como es sabido, fue la inmortalidad de su nombre. Pero como …
