En México, parece que admitir un error es un pecado capital, pero aferrarse al puesto y buscar culpables es una virtud casi sagrada. Se ha normalizado una cultura donde la responsabilidad se diluye entre excusas y la búsqueda incansable de chivos expiatorios. ¿Cuántas veces hemos visto conductas reprochables, cometidas bajo el amparo del servicio público, e incluso en el sector privado, que no tienen la más mínima consecuencia? No me refiero solo a sanciones penales o administrativas, sino a algo …
