Buenos Aires, Arg.- Hay una mutación silenciosa en la manera en que los Estados conciben sus fronteras. Durante siglos, la frontera fue ante todo una línea. El trazo que separaba a los propios de los ajenos, al ciudadano del extranjero, el adentro del afuera. Esa función no ha desaparecido. Pero se le ha superpuesto otra, menos visible y más difícil de cartografiar: la frontera como dispositivo narrativo. El límite que un Estado traza no ya sobre quién puede entrar, sino …
